Madrid, Diciembre 30 1918.
EL BESO DE LA SOMBRA
A veces, en la noche, mientras leo
—olvidado de todo lo que existe—
y oigo en mi estancia sola el aleteo
de mi espíritu triste,
baja a mi frente, a refrescar mis males,
un soplo, cual un hálito de brisa;
el que abrió en unos labios virginales
la flor de la sonrisa.
Aroma que aspiré cuando compuse
el madrigal más puro y más risueño;
suspiro de una boca en la que puse
por cada ósculo, un sueño.
¡Suave aliento de amor que me circunda
de ultraterrestre luz desconocida,
llévame al seno de la paz profunda,
y, como sobre llama moribunda,
sopla sobre mi vida!