Los árboles son gruesas barras de tinta china;
el agua de la fuente de vidrio ahumado es;
es un manchón de niebla la gente que camina,
y el fango del suelo hunden las huellas de los pies.
Al fondo, el horizonte su espesa bruma prende
con un clavo de plata, lívido y diagonal,
y en planos nebulosos, el caserío extiende
sobre el espacio una silueta fantasmal.
En la banca de piedra, cautivo del ambiente
húmedo y penumbroso del invierno español,
¡qué solo y qué nostálgico mi espíritu se siente!...
Me acuerdo de mis lares y digo de repente,
como el Osvaldo de Ibsen:
—¡Madre, yo quiero el sol!
Madrid, Enero 1919.
ALMA CIEGA
YO nada supe de Filosofía...
Anduve el mundo con el alma ciega.
Imaginóse el alma que veía,
y fué una mariposa en la bujía,
y fué una flor que al huracán se entrega.
Frente a toda ilusión abrió los brazos.
Junto a toda promesa de cariño,
de la veste carnal rompió los lazos
y se mostró desnuda como un niño.