Pasó cándida y triste por la vida;
en las rutas del mal, dejó sus huellas;
y algunas veces se quedó dormida
a la piadosa luz de las estrellas.
A tientas fué con ansia voluptuosa
de aspirar el perfume de la rosa,
y oir del ave el canto,
de la hoja el vuelo y de la fuente el llanto.
Siguió siempre las voces del destino;
y a cada instante, hambrienta de ilusiones,
detúvose en la orilla del camino
a oler el campo y a cantar canciones.
Vivió en su sombra azul, tranquila y buena;
mas presintió la claridad del día,
y recibió con voluntad serena
el placer fácil y la dócil pena...
Yo nada supe de filosofía.
Madrid, Diciembre 1918.