YO tengo un amigo—¡parece mentira!—
que no me traiciona ni habla mal de mí.
Es también poeta; tiene voz y lira.
Hace ya tres años que lo conocí.
Fué en la primavera de mil novecientos
diez y seis. Yo andaba por un sitio agreste;
la tarde encendía magias y portentos
en el solitario Parque del Oeste.
Una banca humilde me invitó al descanso;
un fresco ramaje me dió sombra buena;
y oí, como en sueños, el ruido manso
que pone en olvido gloria, ambición, pena.
Me ví bajo un pino de tronco robusto,
que, entre la arboleda, noblemente erguido,
tendía sus ramas, sereno y augusto,
como un candelabro de jade bruñido.
Caía en las lomas verdicenicientas
la noche: un lucero brillaba en la cumbre;
y las guiñadoras luces de las ventas
brincaban como unos insectos de lumbre.
Perdido en la sombra quedaba algún rayo
de sol. Todo era misterio divino.
Y el pino cantaba, y el viento de Mayo
cantaba... Cantaban el viento y el pino.
Yo, rememorando mis viejas historias,
olvidé pesares que al pecho se clavan,
y las juveniles y dulces memorias,
como árbol y viento, cantaban, cantaban.
Desde entonces toda mi amistad consagro
en el bondadoso parque madrileño
al noble poeta que me hizo el milagro
de arrullar mi angustia y evocar mi ensueño.
¡Pino de olorosa y eterna frescura,
gracias por tus leves canciones suaves,
y por la caricia de tu fronda obscura
y por el angélico trinar de tus aves!
Tú, que mi punzante nostalgia mitigas;
tú, que me recuerdas las frondas amigas
del jardín remoto de mi amor primero;
tú, que mi cansada soledad abrigas:
cuando ya no queden ni huellas de enero
y el campo se cubra de flores y espigas,
¡tiéndeme tus ramas, árbol extranjero,
para que a tu sombra duerman mis fatigas!