Madrid, Febrero 1919.

DONES

MI padre fué muy bueno: me donó su alegría
ingenua; su ironía
amable: su risueño y apacible candor.
¡Gran ofrenda la suya! Pero tú, madre mía,
tú me hiciste el regalo de tu suave dolor.

Tú pusiste en mi alma la enfermiza ternura,
el anhelo nervioso e incansable de amar;
las recónditas ansias de creer; la dulzura
de sentir la belleza de la vida, y soñar.

Del ósculo fecundo que se dieron dos seres
—el gozoso y el triste—en una hora de amor,
nació mi alma inarmónica: pero tú, madre, eres
quien me ha dado el secreto de la paz interior.

A merced de los vientos, como una barca rota
va, doliente, el espíritu, desesperado, no.
La placidez alegre poco a poco se agota;
mas sobre la sonrisa que me dió el padre, brota
de mis ojos la lágrima que la madre me dió.