Y así fué como atrajo a un labrador septuagenario y honrado, quien de los campos de su provincia vino a Madrid. Quería el inocente y acomodado rústico comprar un molino. Don Nilo le hizo promesas, le dió confianza, sedujo la natural ambición de todo campesino, y, con un calculado y bien dispuesto plan diabólico, lo llevó una tarde a un hotelito alquilado previamente en las orillas de Madrid, lo invitó a beber y, aprovechando un momento, le descargó por la espalda tres o cuatro hachazos, que partieron el cráneo al infeliz Sr. Febrero, que ese era el nombre del labrador. Después, despojó al cadáver de dos mil pesetas y el reloj, y lo enterró en una de las piezas del hotel. Todo esto lo hizo ayudado de su hijo, un mozo de diez y ocho años. Y una vez hecho, salió tranquilamente a disfrutar de su vida burguesa y a permitirse el lujo de ir a veranear con su familia a un lejano y pintoresco pueblo.
De allí lo trajo la policía que, singularmente activa y perspicaz, logró encontrar las huellas del crimen y desenterrar el cadáver del Sr. Febrero. Don Nilo, abrumado por las pruebas e impotente para lucir sus habilidades de embaucador, ha tenido que confesar:—¡Yo lo maté!—Y se disculpa débilmente atribuyendo a una riña el asesinato. Y más que disculparse él mismo, pretende disculpar a su hijo. No supo nada; no me ayudó en nada; es inocente. Este rasgo paternal muestra que don Nilo no es un tigre, sino un ser humano..., bastante inhumano, para premeditar el robo y la muerte de un viejo indefenso.
El crimen es vulgar; con sus repugnantes lances y episodios, nos lo imaginamos como si viéramos una película barata. Pero, vulgar como es, llenó por más de dos semanas los periódicos y las conversaciones. ¿Por qué?
Es que en este país, sobresaltado y pasional, son raros los crímenes en frío, metódicamente combinados, analizados, como este de don Nilo, y ejecutados por personas de la clase media, que lleven su inmoralidad hasta el punto de que un padre y un hijo colaboren en la preparación y representación de una comedia que termina con un cobarde y vil homicidio. Ni el amor, ni el odio, ni siquiera el deslumbramiento de la riqueza, la fascinación del oro, intervinieron en este sangriento cálculo. Una ambicioncilla insignificante, una torpe necesidad de cubrir con unos cuantos centenares de pesetas los agujeros de las deudas que impedían el paso de don Nilo: eso fué todo. El trabajo era grande y ¡vive Dios! que estuvo bien llevado a término; pero la recompensa resultó miserable: cuatrocientos duros como pago de tanta fatiga, de tanto ingenio, de tanta audacia: escoger el sitio, la hora, engañar, dar hachazos, limpiar la sangre, enterrar al muerto...
Nadie comprende cómo don Nilo y su hijo pudieron hacer eso por tan escaso dinero.
Pero si profundizamos un poco en este crimen, que repugna y desorienta a la vez, hallaremos la clave, no sólo en la maldad hipócrita de los asesinos, sino tal vez en el modo de existir, de arrastrar la existencia; mejor dicho, de una parte numerosa de esta sociedad madrileña, la cual parte suele tener sucursales en las metrópolis de los países americanos. En Madrid hay un género abundante: el pauperismo. Y este se divide en diversas especies que van desde el mendigo de llaga pintada y ceguera fingida, hasta el noble arruinado que hace prodigios para sostener su categoría social. Entre esta gama se destaca, por su tono obscuro y tétrico, por su terrible malestar, por su escondida desgracia, una de las especies: la de los pobres de levita. Es impenetrable; es vergonzante; lucha por ocultar su indigencia comunal, obligada a gastar de lo superfluo sin haber probado de lo estricto. Vive, en el incesante problema de hoy, asustándose del fantasma del mañana. Cada día que llega plantea una cuestión de vida o muerte. Y urge resolverla de prisa, por medio de subterfugios y sutilezas. No es posible rebajarse hasta la limosna; no es posible tampoco vivir sin el pan, sin el techo... y sin la levita. El desequilibrio es incesante; es fuerza, para mantenerse en el alambre de la categoría, hacer prodigios acrobáticos. El escudero de «El Lazarillo de Tormes» es una muestra de la tortura del famélico que ha de mostrarse harto, del desnudo que ha de disfrazarse de vestido. Lo que esta clase sufre y lucha en Madrid ha sido narrado en dolorosas y admirables páginas por muchos artistas, entre ellos por el magno don Benito Pérez Galdós.
Y de esta clase, de las chicas de elegancia chillante y cursi; de los chicos de traje de moda y corbata nueva; del padre de bastón y reloj dorado; de la madre de vestido de seda negra; de la familia en el cine, en el teatro, en el veraneo; de esta clase del martirio, del dolor y de la mentira, salió don Nilo a cometer sus fechorías. Y como en este combate sombrío del pan y la levita fué perdiendo el escrúpulo, la dignidad, la vergüenza; como los muebles, a los que por el trasiego de los años se les cae el barniz, se encontró al cabo del tiempo con que no sólo era un pillo, sino que podía ser un criminal. Y cometió la infamia, urgido y violentado por las terribles exigencias de una posición falsa. Apareció en él, el regresivo, el «nato», el precursor, con las malignidades y vivezas del civilizado; el lobo con las mañas del zorro. Nada de esto lo absuelve; pero, al menos, lo explica. El delito se afianza, como planta de raíces envenenadas, a la tierra que lo produjo.
La sociedad siente asco por estos delincuentes desapasionados eximios que ponen, en un asesinato, el ingenio, la razón y la paciencia de ciertas gentes que se entretienen en descifrar charadas y logogrifos.
En cambio, y como un contraste revelador, por la misma época que don Nilo en la Cárcel de Madrid, entró en la de Ronda—población andaluza—otro criminal perseguido: «Pasos Largos». Se presentó solo en una fonda, se entregó, vino la policía, lo recogió y lo condujo a la prisión. Al ser conducido en un coche, la multitud, que curiosamente lo seguía, lo aplaudió, es más, lo vitoreó.
El crimen de «Pasos Largos» es de los que producen: en el hombre inferior, simpatía, y en el superior, interés y misericordia.