«Pasos Largos» era un cazador furtivo. De eso vivía, esquivando a los guardias y jugando con ellos al escondite por bosques y caminos. Un día fué alcanzado por un guardia y azotado cruelmente. «Pasos Largos» juró vengarse y se vengó; quitó la vida a quien le había quitado el pellejo. Desde entonces huyó con doble motivo: por cazador y por asesino. Y siguió la existencia aventurera de los bandidos de novela, la del «Rey de Sierra Morena», la de los «Siete Niños de Ecija», la de tantos héroes de la fantasía popular. Fué un rebelde valeroso, desafiador de los peligros. Hasta que, fatigado, y quizá arrepentido, bajó un día, como Zaratustra, de la montaña y se puso él mismo en las manos de la justicia. Mientras corrieron tras él no le dieron alcance. Cuando él quiso, se ofreció voluntariamente.

Este hombre, producto de una región romántica e imaginativa, ha entrado en su prisión como si entrara en su palacio de vuelta de una hazaña portentosa. Ya sabe él que aunque la ley lo castigue, el pueblo lo comprende y lo perdona. Ha escuchado un fallo rumoroso que debe de haber sonado en sus oídos como un himno de apoteosis. A «Pasos Largos» la Prensa lo ha tratado con cierta piadosa benevolencia.

Los comentarios de Madrid afirman que entre don Nilo y «Pasos Largos» se abre un abismo. Puede ser; pero en el fondo de este abismo corre un manantial de sangre humana.

LA FIESTA ROJA

YO creo que si en España se suprimiesen los toros, la revolución no se haría esperar. Porque aquí la vida no se concibe sin ellos; y el afán general y el anhelo particular no tendrían estímulo—¡qué digo estímulo!—ni objeto tendrían si las corridas fuesen suprimidas alguna vez, cosa que me parece tan difícil como prohibir el uso del vino. Cada pueblo de España, por más pobre que sea, tiene siempre su iglesia y su plaza de toros; todo lo demás puede faltarle; estas dos cosas no.

En Madrid acaba de terminar la gran temporada; pero, de la misma manera que en otros «centros taurinos», siguen las «novilladas», que se repiten, según me cuentan, hasta que vuelve la temporada seria, y que, manteniendo vivo el fuego sagrado, entretienen la inquietud del público insaciable.

Un día de toros en la metrópoli ibera, es como la poesía baudeleriana, de la cual dijo Hugo que traía un nuevo estremecimiento. Aunque sea de trabajo, no importa, es un día de fiesta. Hay agitación por todas partes, desde muchas horas antes de la corrida. La gente no puede contener su nerviosidad. Las conversaciones de los corrillos callejeros vuélvense augurios y presentimientos acerca del próximo espectáculo. Los rostros pasan iluminados por una flama de entusiasmo, se revenden y compran los billetes de entrada con un afán loco. Cada quien se prepara a recibir fuertes impresiones. Los nombres de los matadores en boga saltan en todos los labios. Se cruzan apuestas sobre quién de entre ellos va a quedar mejor. Los hombres opinan; las mujeres sonríen y ríen; gritan los arrapiezos; salúdanse los amigos desde lejos y se citan para ir juntos a la corrida; todo es algazara, bullicio, contento, fascinación, luz de sol y fragancia de claveles.

A las cuatro de la tarde, la calle de Alcalá, desde la Puerta del Sol hasta la puerta de la Plaza, adquiere una animación alborotadora. Un rosario de tranvías henchido corre sin cesar; pasan, cargados, jardineras y coches de punto; vuelan los automóviles de caja lustrosa, y corren, con aspecto de cestas de flores y encajes, las «victorias» ligeras.