Al llegar, de la redonda fábrica salen rumores de alterada marea. Al entrar, los ojos se deslumbran y sufren el doloroso encanto de la luz intensa. Hierve el oro del sol en más de la mitad de la plaza, y la sombra que proyecta la parte no soleada, pinta en la arena del redondel una media luna de negro acuoso. Los tendidos, cubiertos de gente, semejan una rampa compacta de sombreros cordobeses, de caras risueñas, de mantillas blancas, y aquí y allá, las móviles espigas de los brazos completan la ilusión de un campo sembrado de matizadas floraciones. Arriba de los barandales de las «lumbreras», cuelgan tapices y mantones, como lienzos salpicados al capricho, de chispeantes grumos de color.
Ya ha dado principio la corrida. Los lidiadores, refulgentes de sedas y oros, van y vienen, azuzando y engañando al toro con el trapo rojizo, que el animal, corpulento y resoplante, embiste con generosa bravura. ¡Ah, pero el sacrificio de los caballos, el asqueroso y brutal pisoteo de las entrañas de la pobre bestia vendada, que tiembla de miedo y obedece, sin embargo, al hombre que la guía; las contorsiones de dolor, las gesticulaciones de angustia, los sacudimientos de agonía, las horribles crueldades de los picadores y «monos sabios», que quieren aprovechar hasta el último momento de aquellas vidas inferiores, martirizadas en unos instantes que son para ellas como siglos de terror; aquellos grandes charcos de sangre, que brillan como espejos de púrpura; aquellos cadáveres rígidos que, empolvados y vacíos, enseñan en un «rictus» bronco y tremendo la doble fila de los dientes amarillentos!...
Estos actos de fiereza inhumana bastarían para hacer odioso el espectáculo. Los defensores de él afirman que es este un modo peculiar y sugestivo de conservar el vigoroso ímpetu de la raza. Yo me figuro que lo que se conserva más que el ímpetu es, indudablemente, la barbarie, el instinto del mal, la ferocidad primitiva, que es lo que la civilización trata de modificar y destruir en la especie humana. Si la cultura no tiene por base y fundamento moral la piedad, si no ha de ahogar, o por lo menos ablandar en nosotros a la fiera, no sirve entonces la obra de la cultura, y a la postre resultará frustránea y vacua. No es el ideal hacer refinados, sino piadosos. Fuertes sí, pero para aprovechar las fuerzas en el bien, porque los hombres no han de ser fuertes nada más, han de ser buenos. Así pensaba yo, mientras...
No conozco los incidentes ni las peripecias de una lidia. Los hombres bregan, el toro embiste, y he aquí que en el final de la lucha, cuando el matador, espada en mano, reta a la fiera, vi un relámpago de acero, una flámula roja por los aires, y en los cuernos del bruto un montón de seda y bordados de oro que voltejeaba. El matador había «sido cogido». Acudieron los compañeros, con sus capotes, a arrebatar su presa al toro; levantaron del suelo al herido; en silla de manos sacáronle los monos sabios a la enfermería. El público cesó de rugir. Una onda de pánico hizo el silencio en torno de la tragedia. Entonces, todo emocionado, dije a mi compañero:
—Esto se acabó; vámonos.
—No, no se acabará—me contestó mi amigo madrileño—. «Pacomio» a la enfermería. Nosotros a seguir mirando la lidia. Faltan cuatro toros y me dicen que hay dos de muy buena estampa. Y aún quedan matadores en el ruedo.
Efectivamente, a poco, el público, repuesto, aplaudía la aparición de un toro arrogante y alto, que alzaba orgullosamente el coronado testuz.
* * *
Al salir de la plaza nos detuvimos en una taberna cercana a descansar. El espectáculo es de los que descoyuntan como una larga jornada. Cuando ya la tarde se iba obscureciendo y la calle de Alcalá tomaba su aspecto normal, vi pasar una procesión fúnebre: marchaba muy lentamente, a su cabeza, una camilla cubierta de mantas, y cargada por seis robustos mozos; toreros, amigos, periodistas y curiosos, la seguían. Así salió, aquella tarde, «Pacomio» de la plaza. Ocho días antes, así había salido también «Paco Madrid». A las primeras horas de la noche, los chiquillos voceaban la gravedad del matador.
En la plaza de Canalejas, en los balcones de un diario, estuvo por varios días un boletín dando cuenta del estado del enfermo.