Esta ilustración general omnisapiente á domicilio tiene sin embargo algunas contras; que algunas había de tener el universal beneficio que produce, y sin las cuales sería de seguro el periodismo, ó mejor dicho, la prensa periódica, la completa felicidad humana.
Entre esas contras de que hablamos, sólo una es pertinente á nuestro relato y sólo de ella hemos de dar cuenta á nuestros lectores. Como la opinión pública, de la que cada periódico se proclama y pregona exclusivo representante, tiene diariamente en cada población importante diez ó veinte ó cien órganos distintos que la representan, resulta que cada grupo de cinco, diez ó veinte mil almas... de cántaro se cree único eco oficial de esa opinión que á todos simboliza y á todos representa; y de esa divergencia diaria de criterios individuales y agrupaciones sueltas nace un desconcierto de ideas capaz de hundir para siempre á la verdad, á la lógica y á la misma opinión pública, causa y efecto á un tiempo mismo de todas las aberraciones, absurdos é hipótesis constantes que constituyen el caos diario de nuestra moderna civilización.
Tot cápita, tot sensus, dice un proverbio latino, y si á él añadimos que hay muchas cabezas que no tienen ningún pensamiento propio, se comprenderá que es una gran ventaja para estos seres encontrarse por cinco céntimos diarios con una multitud de pensamientos formulados ya y todo, que pueden apropiarse y hacer pasar por suyos con toda la gravedad concisa de la soberbia humana. Á esta serie pertenecían dos de los principales personajes de nuestra historia, sin darse, por supuesto, cuenta de su inferioridad intelectual, y convencidos, por el contrario, de que todo cuanto leían en su periódico predilecto había sido pensado y hasta casi escrito por ellos y para ellos. Los dos seres de que hablamos eran de distinto sexo, y sus periódicos de distintos ideales políticos, aunque lo mismo los periódicos que ellos se distinguían por estar al unísono en una misma cuerda: la de la oposición furibunda á todo lo existente, la de incesante protesta á todo lo constituído.
Doña Bernarda, que no por verdadera fe religiosa, sino por despecho rutinario, se había refugiado en las iglesias á llorar su terrible desengaño, pertenecía á esa colección de seres humanos tan perfectamente descritos por la admirable Pardo Bazán en Una Cristiana, que toman á Dios, á la Virgen y á los Santos por instrumentos de sus pasiones y los creen naturalmente ocupados en arreglar sus asuntos particulares á medida de sus deseos. Á ellos se querellan de sus dolores físicos y morales, y de ellos esperan el castigo de cuantos los han ofendido, como si el mundo hubiera sido formado sólo por ellos y para ellos, y como si ellos solos fueran los verdaderos hijos de Dios, creados á su imagen y semejanza y herederos de su gloria.
Doña Bernarda leyó una vez por casualidad, esperando en una sacristía la llegada de su confesor, un número de El Siglo Futuro, y tan de acuerdo con su espíritu encontró al órgano intransigente de los neocatólicos, que al salir de la iglesia pasó por una librería y se suscribió al periódico que había de ser en adelante guía de todas sus acciones y órgano de todas sus creencias.
Ya no pensó ni habló sino como los redactores de El Siglo, y dió por seguro que sólo con el triunfo de aquellas ideas estaría el mundo bien arreglado; y sus asuntos, por consiguiente, entrarían de una vez y para siempre á formar parte de la armonía universal que el triunfo político de la Iglesia había de dar en muy próximos días á todos los seres humanos.
Rispall, el mozo de oficios, ó criado universal, ú ordenanza de la fábrica, tenía también su periódico predilecto: el que más halagaba su holgazanería independiente; el que, defendiendo todos los derechos del pueblo, solía olvidarse con frecuencia de recordarle sus deberes; el que prometía también á sus suscriptores un inmediato arreglo social que, echando abajo todo lo existente, haría de la tierra el paraíso de los pobres y el infierno de los ricos.
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Eran las siete de la mañana de un día de octubre del año de gracia de 1883, triste y nublado como lo son generalmente los del principio del otoño en los pueblos de Levante. Desde la oficina oíase el rumor de los obreros al entrar en la fábrica, y la péndola del reloj de pared del escritorio era el único ruido monótono que interrumpía el silencio de las oficinas. Los libros de comercio descansaban cerrados sobre sus atriles; las sillas y taburetes altos estaban aún separados de sus sitios, y todo indicaba la interrumpida tarea de la limpieza cotidiana. En una butaca de anchos brazos, tendido más que recostado, descansaba el activo Rispall con un plumero grande sobre los muslos y El Porvenir sostenido por sus dos manos elevándole cerca de sus ojos, para ser leído con toda comodidad.
Su abstracción era completa, cuando entró por la puerta que daba al pasillo interior de la casa nuestra amiga doña Bernarda con El Siglo Futuro en su mano izquierda y la derecha metida en uno de los grandes bolsillos de su delantal rayado. Colgaba de su cintura un llavero con muchas llaves de distintos tamaños y surcaban su frente las arrugas hondas que publicaban su carácter atrabiliario, dominado continuamente por una hipócrita conformidad, que en alta voz y en toda ocasión pregonaba, á los altos decretos de la Providencia.