Siento corrérseme por los puntos de la pluma el deseo de hacer un estudio monográfico del periodismo, pero como otros ingenios más peritos que el mío en la materia lo han de hacer de seguro alguna vez, y como, después de todo, para mi novela sólo hacen falta algunas reflexiones que indiquen la importancia del periódico en la vida social moderna, me contentaré con aquellas que, por ser pocas y venir á cuento, no han de parecer extravagantes ni inoportunas en mi relato.

El hombre es eminente y fatalmente holgazán. Como se le dió hecho el mundo, lo tomó á beneficio de inventario, y así toma siempre todo lo que le dan hecho: la religión, las leyes, las costumbres y hasta las modas. Como rezan todos, así reza; como le mandan todos, así obedece; como lo quieren todos, así se viste. Si no fuera por las excepciones de esta regla general, por los cuatro ó seis hombres que en el transcurso de cada siglo dan un empujón, ó una sacudida, al mundo moral donde vegetan mil millones de seres humanos, él viviría hoy, como al principio del mundo, en paños menores, tumbado á la bartola debajo de las encinas y alimentándose de las bellotas que por su propio peso y buscando el centro de gravedad le cayeran en la boca, con cáscara y todo.

Convencidos de esa triste verdad

«los pocos sabios que en el mundo han sido,»

esto es, los pocos genios que han alumbrado con la llama imperecedera de su divina esencia los tristes derroteros de la humanidad, han dirigido siempre sus dichosas empresas y sus extraordinarias conquistas á dos objetos, á dos fines igualmente útiles y asombrosos:

1.ºGanar tiempo.

2.ºAhorrar trabajo.

Como la vida es corta, lo principal en todas las manifestaciones del espíritu, en todos los proyectos humanos, en todas las especulaciones de las ciencias, de las artes, de la industria, ha sido ganar años, ó mejor dicho, quitárselos á las labores largas, á los estudios prolongados, á los interminables preliminares.

Como el hombre es holgazán y de todas sus fuerzas la que mejor emplea es la de la inercia, la otra fase de los descubrimientos y del progreso á que han contribuído genios y sabios ha sido la de economizar el sudor de la frente á los seres humanos condenados al trabajo eterno. Por eso sin duda la escala de Jacob no se sube por el hombre peldaño tras peldaño, sino á saltos, tragándose diez ó veinte de una vez, y quedándose quieto en el último recorrido, hasta que el empujón ajeno le hace subir, sin darse siquiera cuenta del impulso recibido, otros veinte ó treinta en la interminable escalera de su perfectibilidad.

Figurémonos, pues, lo que significa el empujón del periodismo en la escala del trabajo humano.

El periódico relata todo lo ocurrido, lo que ocurre y lo que puede ocurrir, sin que el lector se tome el trabajo de averiguarlo, de preguntarlo, ni casi de oirlo. El periódico formula la opinión, la ordena, la comenta y deduce las consecuencias del hecho, de la idea ó del fenómeno: le da por lo tanto al lector criterio, raciocinio y discurso: le facilita (ahorrándole tiempo y trabajo) el diagnóstico y el pronóstico de la enfermedad humana colectiva ó individual, al día, al minuto, al instante. Y más aún; el periódico es panacea de todos los males, solución de todos los problemas, realidad de todas las hipótesis, corolario de todos los axiomas; porque desde su punto de vista todo lo resuelve, todo lo practica y todo lo realiza, en participando de sus ideas, de sus doctrinas y de su lógica. El suscriptor ó lector de un periódico tiene bastante con leerle todos los días para saber lo que los más sabios, para pensar como los grandes pensadores, para pertenecer (sin esfuerzo ni trabajo propio) á la exigua falange de los que impulsan á la masa inconsciente de mil millones de seres completamente pasivos que pueblan el planeta terrestre.