—Nadie por aquí todavía...—dijo al penetrar en el despacho, creyéndose sola;—aún estará durmiendo el usurpador.

Así llamaba casi siempre la dulce católica al pobre Puig, como si la fortuna de que disfrutaba hubiera sido usurpada por él y no heredada legítimamente.

—¡Ojalá!—la respondió Rispall, levantándose con rapidez de la butaca en que se escondía y estrujando en la mano su periódico como si su lectura le hubiera excitado los nervios.—Si él se levantara más tarde, descansaríamos los demás ese tiempo. Pero desde que amanece no está uno tranquilo en ninguna parte. En cuanto el día despunta, ya da principio su tiranía. Recorre los talleres; investiga si han venido los obreros, regaña con los criados, amonesta á los dependientes, y hasta la toma conmigo, que soy el modelo de la actividad y el burro de carga de la fábrica. ¿Qué más Nerón, qué más Narváez que el principal?

—¿Y qué quiere usted, amigo Rispall? Hay que perdonar al prójimo sus flaquezas, según la doctrina cristiana—respondió Bernarda con un mohín más sarcástico que religioso.

—Estamos conformes, señora. Sus flaquezas, sus desgracias, sus errores, sus defectos, hasta sus vicios, si usted me apura, deben perdonarse al prójimo; pero lo que es sus millones, ¡nunca!

—No por rico deja de ser nuestro prójimo.

—¿Prójimo nuestro ese hombre? Buen prójimo te dé Dios. Los ricos no tienen prójimos nunca, señora. Todos los hombres son para ellos esclavos ó enemigos.

—¡Qué ideas tan demoledoras las del buen Rispall!—dijo sonriéndose amargamente el ama de llaves.

—Las de mi credo político; las únicas que han de salvar nuestra sociedad desgraciada y devolvernos nuestros derechos conculcados—que eso mismo decía el artículo de fondo del periódico que estrujaba en su mano izquierda, mientras con la derecha blandía el plumero á guisa de machete.—Soy republicano federal—continuó, alzando la voz—y fuí alcalde de barrio el año setenta y tres, cuando los míos mandaban. Si hubiese continuado aquella época feliz, ¡quizá sería hoy ministro!

—¡Ave María Purísima!—objetó entre dientes doña Bernarda.