—¡Toma! ¿Pues no fué mi compañero Alejandro Martín capitán de artillería á los dos años de haber caído soldado?

—Pero aquello acabó para no volver nunca. Fueron horrores del liberalismo llevados á su más alta y espantosa expresión. Del liberalismo, plaga más terrible que las de Faraón, azote de la humanidad y castigo de la Providencia por haber robado el poder temporal al Soberano Pontífice—que así decía aquella mañana el periódico que doña Bernarda oprimía contra su seno.

—¡El poder temporal, farsa! ¡El Pontífice, otro farsante, otro autócrata, otro rey absoluto más absoluto que Fernando VII! ¡Todos los monarcas son idiotas, todos los reyes infames, todos los amos tiranos! Por eso no puedo ver á estos patronos, á estos principales, que porque tienen en sus arcas todo el oro que nos roban, exigen que trabajemos sólo porque pagan nuestros servicios. ¡Vaya una exigencia!

—¡En cuanto á eso hay mucho que hablar!

—El hombre no ha nacido para trabajar. ¡Es libre, independiente!

—Pero la Biblia...

—La Biblia es otra farsa. La Biblia no habla nada del oro, del vil metal... ¡Maldito sea el oro... cuando le tienen los demás!... ¡Maldito sea el trabajo... cuando le tengo yo! Esos son mis principios políticos y religiosos. ¡Abajo los tiranos, sean los que sean y vengan de donde vengan!

—Si le escuchara á usted mi hermano, ya le respondería lo que hace al caso. Benito no tolera tales exageraciones.

—Porque D. Benito es un ángel, doña Bernarda. Porque su hermano de usted está de non en el mundo. Ese es el amo que debíamos tener, ese el principal de la fábrica, y no el que tenemos por chiripa. D. Benito es afable, es indulgente, es tolerante. Si él fuese el jefe..., todos seríamos dichosos, todos, desde el primero hasta el último.

—Los juicios de Dios son incomprensibles.