—No sólo puede saberse, sino que va usted á saberla inmediatamente. Yo esperaba á fin de mes para decírselo; pero supuesto que usted mismo ha llevado la cuestión á ese terreno, y ya no debemos andar ni uno ni otro en contemplaciones, cuanto más pronto mejor. Le nombro á usted corresponsal de la fábrica en Tarrasa, con dos mil quinientas pesetas de sueldo. Ya ve usted que le asciendo y que hago justicia á sus trabajos pasados y á sus méritos futuros. Mañana mismo, en el tren de las ocho de la mañana, sale usted de Barcelona, adonde no volverá hasta que yo se lo mande, y allí su conducta y su obediencia me proporcionarán ocasión de hacerle justicia. Esto es todo lo que tenía que decirle. Puede usted retirarse, y ya recibirá usted antes de mañana mis órdenes y mis instrucciones.

—Puede usted quedarse con unas y con otras para el que las necesite, ó se las pida; que yo con no volver á traspasar los umbrales de esta casa, ni volver á ver á usted en mi vida, me daré por muy contento.

—Oiga usted, joven, mi proposición es tan ventajosa y...

—Y en cuanto á su hija, á la pobre víctima á quien quiere usted tiranizar hasta rebajarla al nivel de una criada, si pensara como yo, á lo cual juro á usted que he de contribuir con todas mis fuerzas, ya veríamos lo que haría...

—Oiga usted, ¿se atreve usted á amenazarme con mi propia hija? ¿Qué quiere usted decir con estas reticencias?

—Que beso á usted la mano; que guarde usted sus riquezas, y que si te vi no me acuerdo.

—¿Qué es esto? ¿Adónde va usted?—dijo Lucía, entrando de pronto en el escritorio y adivinando en el gesto de su novio que se despedía de la casa.

—Adonde no encuentre hombres que por un miserable puñado de oro olviden todas sus promesas y renieguen de sus palabras.

Y sin dar la mano á la joven ni saludar al viejo, el desesperado é iracundo Ramiro salió del escritorio y pocos momentos después de la casa.