—Yo... estaba tonto y ciego, y no decía más que necedades.

—Bueno es que lo confiese. ¿Y su hermana?...

—Mi hermana era una loca, si no otra cosa peor.

—¡Vamos, quién lo hubiera creído!... ¿Y su hija de usted?...

—Mi hija era una sandia... ¡Clarito!

—¿Y yo?

—¡Usted era un joven chiflado, lleno de pretensiones y de vanidad!...

—¡Vamos, pues estaba buena la casa!

—Pues porque estaba así, es mi propósito ponerla en orden completo. Y ya lo sabe todo el mundo. Desde mañana vida nueva, y esa vida comprende desde el amo, que soy yo, hasta el último obrero. Ni contemplaciones, ni permisos, ni disculpas. Todo el mundo á trabajar, y mucho y bien. Y como usted no me parece que está muy decidido á aceptar mis nuevas condiciones, y como la proyectada boda con mi hija se retrasa indefinidamente, y como por otra parte no es decoroso que usted siga empleado en la casa, y vea á su novia á todas horas, y la haga el amor y se burle de mí en mis barbas, he tomado ya mi determinación, que es irrevocable y que, si usted la rechaza, me dejará en completa libertad de acción en adelante.

—¿Y se puede saber cuál es esa determinación?