—¡Esto tiene gracia! Con lo mismo que contaba cuando usted patrocinaba mis proyectos y me concedió la mano de su hija: con mi sueldo, que si ayer era mezquino y el mismo Sr. Puig lo aumentó, hoy sería ridículo siendo su yerno; y con la renta del dote que dará usted á su hija, mucho, muchísimo mayor que el que Puig la hubiera dado, pues usted mismo llegó á decir que, si fuera rico, le daría la mitad de su fortuna...

—¡Yo! ¿Yo he dicho semejante disparate? ¡Nunca!, ¡en mi vida!

—Lo ha dicho usted y hay mil testigos que se lo han oído á usted, no una, sino muchas veces.

—Pues si lo he dicho estaba loco, y de los locos nadie debe hacer caso; y basta de recuerdos y acabemos de una vez. Sepan ustedes todos, todos, sin distinción de clases ni de sexos, que cuanto yo dijera antes era porque suponía que nunca había de ser rico; pero que el serlo trae multitud de deberes que yo ignoraba por completo. El ayer no existe ni para mí, ni para nadie: lo que existe es el hoy, y á ese hoy tenemos todos que sujetarnos, como nos sujetaremos al mañana cuando llegue. De manera que aunque yo no retracte mi palabra de dar á usted mi hija, para que ese caso llegue es necesario que pase algún tiempo; que trabaje usted más y mejor; que vaya ascendiendo; que posea usted lo suficiente para sostener su casa. Dejemos pasar algunos años, y si para entonces persiste usted en su amor y mi hija no se ha casado, entonces será ocasión de darle á usted su mano.

Esto era ya demasiado. Si no era una repulsa clara y contundente, tenía todos los caracteres de una evasiva, y poner en caso dudoso lo que Ramiro había tenido hasta entonces por artículo de fe, no podía ni debía tolerarse. Así fué que el joven, perdiendo la calma y la serenidad con que hasta entonces había llevado la conversación, apartándose de la mesa y con ademanes no muy comedidos, dijo á D. Benito:

—Pues señor: siempre había oído decir que el dinero cambia á las gentes y que es miserable piedra de toque de espíritus vulgares y mezquinos; pero nunca creí que hiciera cambiar tan pronto y tan mal de ideas y de promesas. Usted es hoy otro hombre distinto del que fué: usted no recuerda sus juramentos, ni sus ofertas, ni sus propósitos, y lo increíble, lo triste es que ese cambio radical de carácter, de criterio y de corazón se ha efectuado por el dinero en poco más de treinta días. Si esto era todo lo que quería y pensaba usted hacer si fuera rico, como usted decía, más valiera que no hubiese usted dejado nunca de ser pobre para decoro de usted y felicidad de cuantos le rodean. Yo mismo le diré á su hija de usted todo lo que pasa y...

—Usted... no le dirá nada á mi hija, porque nada tiene que decirla y porque sus palabras en nada torcerían mi resolución. Yo soy su padre, y á mí sólo es á quien corresponde hablarla, y ya lo haré cuando y como me parezca conveniente, si ya no lo he hecho, cosa que á usted no le importa. Mi hija me obedecerá como es su deber, y aquí paz y después gloria. Hemos concluído.

—¿Conque, según se deduce de todo lo que usted ha dicho, ahora resulta que quien tenía razón y acertaba en sus decisiones era D. Juan Puig, cuando era rico?

—¡Y tanta como tenía! Él era el único que pensaba acertadamente, que se quejaba con razón y que estaba en su sano juicio.

—De modo que usted...