—¿Cómo no dos? No le entiendo á usted.
—Pues es muy claro. Se casa uno, que es usted, si eso le agrada; pero no dos, porque mi hija no es la que ese día y á esa hora y en ese sitio se casa con usted.
—¿Cómo que su hija de usted no se casa conmigo?
—Como que no se casa; como que es todavía muy joven para casada; como que no quiero que contraiga tan pronto obligaciones terribles; como que conviene pensarlo con más calma, y como que, gracias á Dios, no tiene ningún motivo apremiante para cambiar de estado, y en él quiero que continúe por el tiempo que me parezca conveniente. ¿Se va usted ya enterando de lo que he resuelto?
—Pero, Sr. D. Benito, yo estoy absorto y no acierto á darme cuenta de todo lo que me dice usted esta mañana.
—Pues, señor mío, me parece que no se puede hablar más claro y que no cabe menos motivo de interpretación en mis palabras.
—Pero usted no ha pensado siempre lo mismo, sino precisamente todo lo contrario. Aún no hace un mes, ó hace el mes todo lo más, ¿no me dijo después de una grave y seria entrevista con el Sr. de Puig: «Amigo Ramiro, si yo fuera rico mi hija se casaría al momento con usted, todos viviríamos en mi casa en santa paz y eterna compañía?» ¿No protestó usted de la negativa de Puig á darnos su consentimiento para la boda, diciendo que le obedecía usted por fuerza, que su deseo de usted era vernos unidos en seguida, y que ni era justo, ni decoroso, ni aun prudente obligarnos á esperar un tiempo indeterminado la realización de nuestro amor?
—¿Yo dije...? Puede que dijera...; pero eso, después de todo, nada significa. Las circunstancias no siempre son las mismas, y lo que un día puede ser lógico, otro puede ser absurdo...
—¡Conque las circunstancias! ¿En qué han variado de un mes acá? Aquí no hay más que una diferencia, y esa sólo á usted atañe, pues á todos los demás nos deja en la misma situación. La diferencia es que usted era ayer pobre y hoy es rico, y para el asunto de que tratamos, esa diferencia más bien es ventajosa que perjudicial.
—Pero, señor mío, hablemos en razón y como Dios manda. ¿Con qué cuenta usted para sostener las cargas matrimoniales?