—Como usted comprende, antes había muchas dificultades, aun no suponiendo insuperable la voluntad de D. Juan. Hoy esas dificultades han desaparecido por completo. Veamos, pues, todo lo que se necesita para llevar á cabo ese matrimonio con la rapidez de nuestro deseo. ¿Dotar á su hija de usted? Eso es una formalidad insignificante que se lleva á cabo en la notaría en media hora.

—¡En quince minutos!—contestó á media voz Benito, con cierto dejo irónico que no debió ser muy bien comprendido por Ramirito, que continuó impertérrito:

—¿Comprar el trousseau, que no ha de ser de una esplendidez presuntuosa, ni de una riqueza exagerada? Cuestión de un día...

—¡De medio!—replicó Benito, con una sonrisa burlona en la que se veía claro el dominio que de su persona iba adquiriendo el principal.

—Tanto mejor entonces, puesto que usted mismo va disminuyendo el tiempo. ¿Qué puede tardarse en arreglar los papeles de ambos contrayentes? ¡En pagándolo bien, nada! Ya se sabe que todos estos asuntos de la Iglesia están sujetos á tarifas generales; pero con el sistema de propinas y regalos, en un caso particular, todo se hace á escape y con legalidad.

—¡Claro! En pagándolo bien..., y siendo yo por supuesto el que haya de pagarlo, la cosa no puede ser más sencilla. ¿Qué más se le ocurre á usted?

—Ya sabe usted tan bien como yo, que hay agentes especiales que se encargan de vicaría, parroquia, amonestaciones, matrículas, etc., etc. Para ellos no hay nunca inconvenientes ni dificultades; están prácticos en todos esos asuntos, tienen influencia, gentes á su servicio, y con ellos se puede hacer todo cuando y como se quiera. No hay más que decirle á uno de esos: «El día 30 de tal mes, por ejemplo, á las siete de la mañana quiero casarme en Santa María, ó en mi casa, ó en la capilla de San Andrés,» y así se estipula...

—¡Muy bien hecho! Me parece muy bien.

—Y ese mismo día, á esa misma hora y en ese mismo sitio se casa uno.

—¡Bravo, magnífico!... Eso es, se casa uno..., pero no dos.