—¡Bien, bien..., ya recuerdo!...—fueron las únicas palabras que se le ocurrieron á Benito para contestar á Ramiro.
Éste, no dándose aún por vencido, y hasta decidido á jugar el todo por el todo en aquella misma mañana, en obsequio á su adorado tormento y de sus mismas afecciones, pareció empezar á ocuparse en el arreglo de libros y papeles; pero prosiguió en voz alta la conversación.
—Ahora voy á proceder al definitivo arreglo de libros y documentos. Quiero ponerlo todo en orden, dejarlo al día, y cuando todo esté hecho, cosa que no ha de llevarme más que los días de esta semana, podrá hacer en toda regla entrega oficial al que haya de sustituirme en este puesto.
—¿Al que haya de sustituir á usted? No comprendo bien lo que quiere darme á entender. Yo no he dicho que trate de despedir á usted de esta casa, y como tampoco me ha indicado usted que intentaba dejarla, necesito que me explique usted su pensamiento, sin ambages ni circunloquios, con entera franqueza.
—Tampoco se me había pasado por la imaginación ninguna de esas dos determinaciones. Por el contrario, es que me parecía, y sigue pareciéndome, que no es natural que continúe yo desempeñando en su casa de usted el empleo de escribiente más ó menos distinguido, cuando voy á llamarle padre de un día á otro. Creo que más aún por usted que por mí es convenientísimo que mi situación cambie por completo á sus mismos ojos y á los de todo el mundo, y que cuanto menos tiempo se tarde en hacerlo, más ganaremos todos.
El ataque era esta vez tan directo, tan clara la alusión, tan decidido el tono de Ramiro, que parecía inevitable una respuesta categórica y definitiva. No debió opinar del mismo modo el interpelado, porque mordiéndose los labios y afectando un aire indiferente, sólo balbuceó:
—¡Sí..., eso!... ¡Hasta cierto punto!...
Esperó un momento más Ramiro, y viendo que la conversación no continuaba por parte de su futuro padre político, como si nada hubiera sucedido y como si empezara entonces á formular su pensamiento, continuó:
—Debo dar gracias á la suerte por haber abreviado el plazo de mis esperanzas, que contra todo mi deseo parecía estar todavía muy distante de su cumplimiento. Á haber continuado D. Juan Puig siendo mi principal y el de usted mismo, ¡Dios sabe cuándo hubiera yo podido llamarme dueño venturoso de mi idolatrada Lucía! Su egoísmo, según opinaban ustedes mismos, su tiranía y sobre todo su sórdida avaricia, según la creencia de todos ustedes, eran los que retardaban mi felicidad y la de su hija, puesto que tiene la bondad de cifrarla en mi cariño verdadero, según ella misma se lo ha confesado á su padre y á su señora tía muchas veces. Pero como por un milagro de la Providencia, D. Juan no es ya el rico capitalista, y sí lo es usted, que cifraba toda su dicha en ver casada á su hija á su gusto; y como hoy ya no hay obstáculos ajenos que retrasen ese matrimonio, claro es que éste se ha de verificar cuanto antes. Eso es lo que los cuatro ambicionábamos cuando D. Juan quiso impedírnoslo, y lo que de seguro haremos en seguida. ¿No es cierto?
—¡Parece!... Mirado de ese modo...