Una de las cosas que menos puede tolerar el hombre es no tener razón. Y cuando el que nos hace notar nuestra injusticia es nuestro inferior y podemos descargar impunemente sobre él todo nuestro enojo, no desaprovechamos nunca aquella oportuna ocasión de vengarnos cobardemente. El ataque fué, sin embargo, tan certero, que Benito no encontró palabras para responder á su dependiente; así es que, como si no le hubiese oído, se desentendió de cuanto había escuchado y, encarándose con él, se dirigió á la mesa grande, diciéndole:
—Aquí hay una porción de asuntos pendientes. Hay cartas sin contestar, y lo que no puede ni debe suceder nunca en una casa de comercio es que el copiador esté atrasado. No le digo á usted más.
—Bien, pues yo cuidaré desde mañana que no tenga usted motivo de queja, por más que, según creo, de la conferencia que deseo celebrar hoy con usted resultará naturalmente algún cambio en estos asuntos.
—No le comprendo á usted.
—Ahora, si usted me lo permite, voy á saludar á su señora hermana y á su hija, y después cuando vuelva...
—Mi hermana y mi hija están atareadas en sus quehaceres domésticos y no pueden perder su tiempo en recibir visitas intempestivas. Déjelas usted en paz, y atienda sólo á cumplir con su deber.
—Permítame usted, D. Benito, que me extrañe la conducta que observa usted hoy conmigo. Todos los días, sabe usted que desde hace mucho tiempo he cumplido siempre con su familia ese deber de cortesía, y no comprendo...
—Pues yo no comprendo que se malgaste el tiempo en esas ceremonias ridículas; y si hasta hoy ha tenido usted esa costumbre, desde hoy deja de tenerla y será mejor para todos. Cuando su trabajo se concluya, puede usted dar rienda suelta á sus gustos sociales; pero antes y sobre todo es cumplir con su obligación, y la de usted está en esta mesa y no en mis habitaciones.
—Permítame usted que, aunque obedeciendo sus órdenes, proteste no sólo de la forma en que me hace usted esas advertencias, sino del fondo mismo de ellas. Siempre ha elogiado usted mi asiduidad y mi buen deseo en excederme de los trabajos que me estaban encomendados, y me extraña tanto más este sermón que me ha predicado usted hoy, cuanto que recuerdo que usted mismo, cuando yo me atareaba demasiado, me decía: «Vamos, Ramirito, descanse usted; no conviene trabajar con exceso. Hay tiempo para todo: echemos un cigarrito...» Y usted mismo me lo daba y hasta me lo encendía, y charlábamos alegremente... ¿No lo recuerda usted?
Decididamente, el inoportuno Ramiro se había propuesto exhibir ante los ojos de Benito todo su pasado, para ponerle en lucha abierta con su presente. Aquellos recuerdos insistentes de una vida sometida al trabajo y á la dependencia no podían ser más inconvenientemente evocados, en tan distintas circunstancias.