—¡Qué barbaridad! Tú, mocito, barre con menos alientos ó hazlo más temprano. ¡Aquí no se puede parar! ¡Qué nube!
—Si él lo hiciera más temprano y usted no viniera tan tarde, se evitaría esa molestia que ahora le mortifica—dijo Benito cuadrándose delante de Ramiro y en son de guerra.
Ramiro, que sabiendo ya por su Lucía el estado en que su principal se encontraba, no quería darle el menor pretexto para que ensayara con él sus arranques bélicos, hizo como que no había oído la indirecta, y prestando á su fisonomía toda la bondad y la deferencia debidas, saludó cortésmente á su jefe y le tendió la mano.
—¡Ah, que estaba usted aquí, Sr. D. Benito! Buenos días... Dispense usted que al entrar no le viera, porque este zopenco con esos escobazos nos ha puesto casi invisibles. ¿Qué tal se pasó ayer el día?
—Bien, gracias—contestó Benito con desabrido acento, tocando apenas la mano que el escribiente le tendía con la efusión acostumbrada.
—¿Y doña Bernarda y la linda Lucía, qué tal se encuentran?
—Se encuentran perfectamente, trabajando desde hace una hora; que es lo mismo que debían hacer todos los demás.
—¡Vamos!, parece que ha madrugado usted también. Me han dicho que ya había usted bajado al almacén. ¿Ocurre algo de particular?
—Ocurriría si hubiese alguien en su puesto, porque aquí lo general es que nadie cumpla con su deber. Pero desde mañana todo habrá cambiado, y lo particular será que haya siquiera una sola persona que no cumpla mis órdenes y que no imite, siquiera por vergüenza, mi ejemplo.
—No debe usted extrañar—respondió Ramiro, que ya iba cansándose de no contestar á tan repetidas indirectas—lo que ocurre, porque, si no recuerdo mal, usted mismo que se ha vuelto tan madrugador no entraba nunca en el escritorio antes de las nueve; y para eso, según me ha dicho usted mil veces, tenía que llamarle su señora hermana con una insistencia no siempre coronada de buen éxito. ¿No fué usted el que rompió un despertador una mañana, desesperado por el ruido insoportable de aquel mueble servicial?