—¡Una compañía de bandidos! ¡El que cobra y no trabaja es tan ladrón ó más que el salteador de caminos!
—¡Qué principios políticos tan absurdos!
—Y como hable usted una palabra de política, ¡á la calle!
—Pero, Sr. D. Benito, mis derechos...
—Sus derechos de usted son comer y cobrar su salario, y yo se lo pago á usted religiosamente. Sus deberes son el manejo de la escoba y del plumero, y si usted trata de seguir siendo un bigardo, ya se lo he dicho de una vez para todas, ¡á la calle á buscar amos tontos, porque aquí se han concluído!
—¡Esto es inaudito! ¿Es usted quien habla? ¡Quién se podía figurar que aquel señor tan amable para todos nosotros, cuando estaba en la oposición!...
—Basta y sobra. Ni una palabra más. ¡Á barrer y á callar!
Bajó humildemente la cabeza el soberbio Rispall, y murmurando en voz baja frases incoherentes, dióse á barrer con tal furia, que pronto se convirtió el escritorio en un ventisquero de polvo: tal era el coraje con que el furibundo demagogo manejaba el instrumento de su deshonra. ¿Trató sin duda de que no pudiendo respirar allí su nuevo monarca, le dejara libre murmurar y barrer á su gusto? Es posible: pero Benito continuó impertérrito paseándose y dándosele un ardite del polvo y de la soledad en que estaba sumida aquella oficina, verdadero salón del trono de su palacio burocrático.
Abierta una vez la válvula de salida en la máquina de vapor, éste se escapa silbando y atronando los oídos de los que la rodean: así destapada la fatal caja de Pandora del depósito de bilis de Benito, sólo aguardaba ocasiones nuevas para repartir sus miasmas por la atmósfera.
El primero que penetró en el recinto, donde paseaba dando resoplidos la fiera, fué Ramirito, que no pudo distinguir al pronto la figura de su principal entre aquella nube de polvo.