—Á barrer á escape la habitación. ¡Sin disculpa, sin perder un minuto!
—Me parece que me ha empujado usted.
—Aquí no se paga á nadie por leer la prensa periódica, ni por arrellanarse en las butacas de un modo indecoroso.
—Yo estaba sentado con comodidad, pero con decoro, y esa frase...
—Aquí se gana el salario trabajando, y ha concluído para siempre la holgazanería y la vagancia. Cada cual ha de cumplir con sus obligaciones, sin disculpas y sin protestas, si no quiere verse arrojado de la casa ignominiosamente y para siempre.
—Yo creo que no he dado motivo...
—Y no me conteste usted una palabra. Todos los días, sin exceptuar uno siquiera, á las siete de la mañana en invierno y á las seis en verano, han de estar el escritorio grande y mi despacho pequeño hechos un oratorio de limpios y de arreglados, sin una partícula de papel, sin un átomo de polvo. Sillas, mesas, legajos, libros, todo en orden, y á la menor falta, al menor descuido, busca usted otra casa donde robar su salario.
—Esa palabra es dura y no creo que hasta aquí...
—¡Hasta aquí esta casa no ha sido casa, sino una venta, y todos ustedes una camada de ladrones!
—¡De ladrones! ¿Usted sabe lo que dice?