—Pues yo creo, papá de mi alma, que para pensar de modo distinto y para proceder de diferente manera durante toda tu vida, tendrías razón tan lógica y natural como te parece ahora la que tienes.

—Pues eso quiere decir que no la tenía, y que no la he tenido hasta ahora. Ayer por la tarde ya dije lo bastante de sobremesa, en nuestra misma habitación, para que no me culparan ustedes de hacer públicas, sin necesidad, nuestras discusiones de familia; y por si tú al retirarte á la ventana discretamente, dejaste de oir todo lo que dije, ahora te lo diré á ti exclusivamente, ya que estamos solos y que tu tía no puede envenenar con sus interrupciones y sus malos juicios la rectitud de mis palabras. Sábelo de una vez, y juzga tú misma si es natural y decoroso que siga esta casa por la pendiente de desorden y ruina en que hace tiempo se encuentra por culpa de todos. Mi hermana, que como ama de gobierno y verdadera administradora de los fondos particulares de la casa, debía imprimir una marcha económica y sensata á todos sus actos, por su derrochar continuo y su poco cálculo era rémora de toda mejora y mal ejemplo de los demás. Tú misma, en vez de considerar que eras pobre y que debías, como yo y como todos, tu sustento á la generosidad, digo mal, á la prodigalidad de Puig, en vez de vivir con la modestia correspondiente á tu situación y tu clase, sólo te ocupabas en vestirte á la moda, en andar siempre á vueltas con los figurines y los peinados, en rizarte el flequillo, en llevar cada día los guantes más largos, y los matinés más cortos, y los sombreros más anchos, y los vestidos más estrechos. Y mucho de francés, y de piano, y de ópera, y de baile, y nada de costura, ni de plancha, ni de cocina. Y en vez de ser una muchacha humilde, juiciosa, concertada y discreta, eras una caricatura, una copia ridícula del figurín último. Cobrando un sueldo, mal servido y mucho peor ganado, estaba en este mismo escritorio tu necio y presuntuoso novio, esperando con sus marrullerías y poca delicadeza que le cayera del cielo, como el maná, el dinero de la dote que te había ofrecido Puig para el día que te casaras; y ese es todo su amor y su impaciencia y su desinterés. Aquí el tunante de Rispall era un vago, un estúpido, siempre ocupado en la lectura de periódicos disolventes, y creyéndose rebajado por tener que barrer y sacudir el polvo, que es sólo su deber y por el que roba el salario que se le da. Todos los obreros eran unos holgazanes, y hoy como entonces, siempre que pueden, roban tiempo, ya que no pueden otra cosa, al infeliz que los paga; los dependientes hacían lo mismo; y todos, todos los que comían el pan del pobre Puig eran unos infames, unos desagradecidos, unos tunantes sin decoro y sin vergüenza...

—Pero entonces..., tú, papá..., ¿qué eras?

—¡Yo! Un monstruo de iniquidad y un filántropo estúpido; puesto que no vi ó no me cuidé de todo lo que sucedía en la casa, y dejé que ésta se fuese hundiendo cada vez más, por cobardía, por ineptitud ó por desagradecimiento.

—¡Cruel eres contigo mismo!

—Por eso tengo derecho á serlo desde hoy con todo el mundo. Esa es la causa verdadera de mi mal humor, de mi enojo, de mi tristeza. Yo era injusto, yo era infame con mi amigo, con mi protector, con mi amo, ¿por qué no decirlo claramente? Y el conocimiento exacto de mis faltas y de las de todos para con él, me han traído á la situación actual. Si Puig, por debilidad ó por buen corazón, ó quizá porque tenía la certidumbre de que aquella fortuna no era realmente suya, gastaba mucho más de lo que podía y debía, y se dejaba robar miserablemente por todos, y era un monote y un esclavo de las exigencias ajenas...

—Pero, papá, si mil veces te oí decir que era un tirano; y á mi tía que era cruel y desconsiderado y miserable, y á los demás...

—Mentira, calumnia é ingratitud. Era un infeliz, un pobre hombre, y como yo no quiero ser víctima, como él, de la infamia humana, desde hoy tendré á raya á todos y me erigiré en su vengador, defendiéndome á mí mismo. Yo soy el amo, el principal, el único jefe, y á todos, á todos indistintamente los haré cumplir con su obligación, mal que les pese. Y para que no pueda tachárseme de injusto y de parcial, la reforma empezará por ti, por mi propia hija. Se acabaron los moños y las modas, como te dije ayer. ¡Á coser!, ¡á planchar!, ¡á zurcir!

—No te enojes, papá; yo haré lo que tú quieras.

—Ya lo creo que lo harás, y ¡pobre de ti si no lo hicieres! Rispall á barrer desde que salga el sol hasta que anochezca: mi hermana á ser desde hoy despensera, no ama de llaves ni de gobierno: las llaves no hacen falta, y del gobierno yo me encargo. Irá á la compra con la cocinera, para ahorrar, y la enseñará á guisar en vez de dejarla que se ejercite en la sisa; y todo el que cometa una falta ó me desobedezca irá á la calle inmediatamente, desde el primer empleado hasta el último operario de la fábrica.