—De modo que al realizar Dios tu deseo de ser rico, no te ha hecho á ti venturoso y nos ha hecho infelices á los demás. Ahí tienes, papá, cómo lo mejor es conformarse con todo lo que Él hace, y no querer modificar ni alterar sus supremas decisiones. Todos éramos antes felices; todos debíamos haber estado contentos; sin embargo, todos pedíamos á Dios ser ricos, y al concedernos la riqueza, nos ha quitado la felicidad, que no apreciábamos y que por eso no merecíamos.
Y la bella Lucía, sin poder dominarse, prorrumpió en amargo llanto, motivado sin duda, más por la marcha de Ramiro, que por los razonamientos de su padre.
—Y de todas esas cosas—continuó entre sollozos,—¿qué queda de mi matrimonio, que ya estaba aprobado por ti?
—Ya lo he dicho cien veces, y esta es la última. Pase el tiempo, y dentro de dos ó tres años hablaremos de ese asunto.
—Pues pasaré llorando, como ahora, esos dos ó tres años.
—Pues llora, no tres sino veinte, si se te antoja, y déjame en paz con semejantes necedades...
Y sin dar á su hija la menor señal de ternura, ni tratar de consolarla, como hubiera siempre hecho antes en idénticas circunstancias, la dejó entregada á su propio dolor.
Con la oportunidad previsora de las comedias de magia, abrióse de pronto la puertecilla del despacho pequeño, y apareció por ella la figura seria, pero no triste ni melancólica, como lo era antes, de D. Juan Puig. Indudablemente se había guardado una llave de la mampara, pues tan temprano salía de aquella habitación, verdadera cámara regia del señor, y que por lo mismo ya no le pertenecía á él, cajero y no más de la casa Bernaregui. Para salir á aquellas horas, preciso era que hubiese entrado de noche; y ¿qué tenía que hacer de noche en aquel despacho el que ya no era dueño de él, y sólo en el escritorio común tenía su mesa y su silla de trabajo? No hubiera dejado de hacerle Benito todas estas preguntas, y alguna quizá más honda, si le hubiese visto salir por la puerta que nosotros. Pero el buen Benito estaba aquel día atacadillo de los nervios, y sólo se ocupaba en ir de sala en sala, dejando en cada una pruebas de su mal humor ó protestas vivísimas, las más en voz baja, de sus órdenes estrafalarias.
—Vamos, ahijadita..., ¿por qué lloras?, ¿qué te sucede?, ¿qué ha hecho tu padre?
Con estas cariñosas palabras sacó Puig á Lucía de su aflicción; y en su modo de pronunciarlas, cualquiera hubiera creído que conocía la causa de aquellas lágrimas. ¿Había oído Puig, á través del débil tabique de lienzo, la conversación anterior entre hija y padre? Todo era posible; ello es que Lucía alzó su faz llorosa; y echándose casi en brazos de su padrino, le dijo amargamente: