—¡Que ha despedido á Ramiro de esta casa!
—No estás en lo cierto, hija. Tu padre con muy buen acuerdo, aunque con mucha peor forma que yo, le ha indicado la inconveniencia de que siguiera en la casa siendo tu novio, cuando no estaba aún fijada la época de vuestro matrimonio. Y en vez de despedirle, como tú dices, le ha nombrado corresponsal de la fábrica en Tarrasa, aumentándole el sueldo. Tu novio ha sido quien, viéndose colocado en la misma situación en que yo le coloqué hace un mes, por el mismo papá suegro en quien tenía todas sus esperanzas puestas, ha montado en cólera; y sin tener en cuenta su amor y tus lágrimas, se ha despedido con ínfulas de capitalista ultrajado, y hasta con amenazas no del mejor gusto respecto de ti misma.
—¡Ah! Yo no sabía nada de eso. Cuando al oir las voces de mi padre entré en el escritorio, salía Ramiro despidiéndose como para siempre; y yo supuse que mi padre le había arrojado de la casa. ¡Como está tan terrible!
—¿Conque tan terrible está tu padre? Vamos á ver, cuéntame qué más ha hecho para merecer de su propia hija tan dura calificación.
—¿Qué ha hecho? Querer que mi tía en vez de ama de casa se convierta en despensera, y hasta en criada, si viene al caso.
—Pues mira, no haría nada de malo en eso. Creo más; creo que hasta haría perfectamente si lo consiguiera.
—¡Cómo! ¿Usted aprueba que mi tía doña Bernarda pierda de tal modo en la consideración de las gentes y quede relegada en la casa á los vergonzosos y denigrantes servicios de una criada cualquiera, siendo la hermana de un hombre rico?
—¡Ya lo creo que lo apruebo! ¡Quién viera á doña Bernarda cambiar el trono de su estrado con el fogón de su cocina! ¡Si lo hubiera hecho y dispuesto yo..., qué no se hubiese dicho, qué no se diría de mí eternamente!
—¡Pero es posible que á usted le parezca bien semejante cosa!
—Mira, hija, escúchame y entérate bien del caso. Siendo ella y yo pobres; esto es, cuando tu padre y yo sólo éramos empleados de la casa y teníamos el mismo sueldo, y eran comunes nuestras pobres rentas y ningunas nuestras esperanzas, yo tuve el atrevido pensamiento de sacarla de doncella crónica y de darle mi nombre y mi mano. Esto aquí para entre nosotros y sin que jamás des á entender semejante cosa, que sólo hasta hoy sabíamos Dios, ella y yo. Pues bien: entonces ella, juzgándome sin duda muy poco para ser su esposo, porque tenía el atrevido pensamiento de conquistar á Bernaregui, rico y solterón, me dió con la puerta en los hocicos y me desahució por completo, de lo que doy y daré á Dios toda mi vida las más expresivas gracias.