—¿Qué me dice usted? ¿Cómo había yo de suponer semejante cosa?
—Pues ahí verás. Pero hay mucho más todavía, que tú ignoras. Cuando Bernaregui no quiso darse por entendido de sus añagazas y coqueterías, y murió sin sacar de penas á doña Bernarda, y me dejó á mí por heredero de su fortuna, la prójima tuvo el descaro de decirme: «Amigo mío, ahora ha llegado la ocasión de que yo premie su amor de usted y acepte el ofrecimiento que de su mano me hizo en otro tiempo. Aquí tiene usted la mía y las llaves de mi corazón.»
—¡Á buena hora!
—Esa fué precisamente mi respuesta. Y acto continuo, para no dejarla abrigar la menor duda acerca de sus esperanzas, añadí: «No hablemos ya de esas cosas pasadas y por lo tanto concluídas para siempre: yo ya soy viejo, usted no es joven y ambos debemos pensar con más juicio y menos vehemencia. Si usted no me quiso cuando pobre, no me ha de querer ahora cuando rico; que ni el dinero puede haberme quitado defectos, ni dado cualidades buenas de que careciera antes; y si se trata sólo, no de un afecto, sino de un negocio, para saber hacerle me basto y me sobro yo solo. Y para que vea usted que yo la estimo y que quiero recompensar sus méritos, ya que no puedo hacerla á usted ama de mi corazón, sea usted desde hoy mi ama de llaves.»
—¡Duro y terrible fué el castigo!
—Pero me parece que fué justo. Eso es lo que tu tía doña Bernarda no me perdonó, ni me perdonará jamás, ni yo se lo perdonaré nunca á ella. Y ahí tienes ahora explicadas muchas escenas y no pocas indirectas que te habrán parecido siempre inexplicables.
—Parece que le encuentro á usted hoy, al hablar de estos asuntos, más alegre y más comunicativo que de costumbre.
—Lo estoy, niña mía, lo estoy, porque puedo explicarme contigo, que lo vas sabiendo ya todo y que eres mi único confidente, mientras durante mucho tiempo he encerrado dentro de mí mismo mis amarguras y mis desengaños. Todo lo que hoy sucede, que para todos ustedes reviste un carácter serio, grave y quizá terrible, toma á mis ojos un tinte cómico y grotesco, que hace asomar la risa á mis labios y refresca al mismo tiempo mi lacerado corazón. Y si no, dime, ahijadita, si tu tía me tuvo siempre, y así se lo dió á entender á todo el mundo, por un tirano, por un egoísta, por un infame, ¿no es gracioso que su mismo hermano, que compartía con ella esas opiniones respecto á mí, la arranque el gobierno de la casa, que yo la había confiado por completo, y la relegue á la cocina, á la despensa y á la compra de la plazuela? ¿No es cómico que tu novio Ramirito, que me culpó de avaro y supuso que yo quería retardar su boda por no entregarte la dote que te había prometido; tu amantísimo futuro, que esperó alcanzar de tu padre en cuanto lo vió rico la inmediata ejecución del matrimonio proyectado, se haya visto despedido ó por lo menos desahuciado por su mismo papá-suegro, el bondadoso, el benéfico, el dulcísimo D. Benito?
—¿Y usted se alegra de todo el mal que hoy nos entristece?
—No sería hombre, y no estaría sujeto como tal á las debilidades de la especie humana, si no me alegrase. Sí, me alegro de que todos cuantos me juzgaban mal caigan en mis mismos errores, si por tal deben tenerse, y sufran las mismas injusticias y los mismos malos ratos que me hicieron sufrir con sus malos juicios y peores pensamientos. Á nadie excluyo: todos en general y cada uno en particular me ofendieron, me criticaron y me desconocieron. Tu padre, más que todos y que era el más obligado á conocerme más y á tratarme mejor, tu aborrecible tía doña Bernarda, tu D. Ramirito..., tú misma...