—No, padrino, no; en cuanto á mí no tiene usted razón ninguna para no juzgarme bien y para querer vengarse de mí. Yo no acusé á usted nunca de tirano, ni para mí ni para con los míos...
—Eso lo sé, y sentiste además la pérdida de mi fortuna; lo recuerdo perfectamente y me complazco en hacerte esa justicia.
—Yo siempre le juzgué á usted bueno y generoso, cuando los demás le tenían por avaro y exigente: cuando todos maldecían el despótico rigor con que usted, según ellos, trataba á todo el mundo, yo protesté siempre de la injusticia con que le trataban, y con terquedad impropia de mis años y con profunda convicción ajena á mi carácter superficial de chiquilla á la moda, sostuve contra todos, y en particular contra los míos, que era usted el mejor hombre del mundo: comedido y tolerante como jefe; leal y considerado como amigo, y digno por todos conceptos de la obediencia y del cariño de cuantos estaban á sus órdenes. Si todos ellos, por envidia ó poco talento ó perversidad humana, le juzgaron mal, y yo fuí la única que le dí la razón en todo, ¿por qué he de pagar hoy culpas que no he cometido nunca? ¿Por qué usted, que siempre ha sido bueno y generoso con todos, quiere hoy ser injusto y cruel conmigo, y se alegra, como si yo lo mereciese, de todo el mal que pueda sobrevenirme?
—Tienes razón, niña mía: perdóname y no temas que pueda sucederte nada malo. Yo velo por ti; yo no dejaré que nadie te moleste ni te mortifique, y yo te juro, sin que pueda decirte hoy más, porque me lo vedan causas que tú no puedes comprender, que puedes siempre contar conmigo, que te quiero como si fueras mi propia hija y que nada tienes que temer de nada ni de nadie mientras yo esté en el mundo.
—¡Ahora le entiendo á usted menos!
—Quieran ó no, yo les haré entrar en razón, y tú no perderás nada.
En esto se oyó fuera de la oficina un estrépito desusado: voces, gritos, algún que otro juramento, y repentinamente aparecieron, encarnado como un tomate y pálido como un muerto, Rispall primero y Benito después.
—Silencio, niña: es tu padre; observa y calla; ¡ten prudencia y aprende!
Así dijo D. Juan á Lucía. El primero se sentó, afectando la mayor indiferencia, en su sillón de vaqueta, y la segunda se retiró al quicio de uno de los balcones.
Rispall, empujado por un vigoroso empellón de Benito, llegó hasta el centro del escritorio con la escoba en la mano.