—¿Pero es que te has propuesto meterte en todo? ¿Es que vas á erigirte en fiscal intempestivo de todas mis acciones?

—¡Es que me parece justo defender á este pobre muchacho!

—¡Pues tú bien le llamabas antes haragán y ridículo y estúpido!

—¡Y tú le defendías siempre que yo me enojaba con él por sus torpezas ó sus barbaridades ó sus insolencias!

—Pues si tú lo tolerabas, yo no quiero tolerarlo. ¡Clarito! Esa es la diferencia de ayer á hoy. Aquí nunca ha habido un amo; desde hoy le hay, y duro y enérgico é inflexible...

—Con todo, yo... debo decirte...

—¡Tú á tu caja, y no me vengas con consejos que nadie te pide!

—¡Pero, papá, por Dios!...—dijo Lucía acercándose á su padre, sin ver el estado de exaltación creciente en que iba estando Benito, ni notar las señas imperceptibles que la hacía Puig, para que no temiese, ni se mezclara en aquella escena.

—¡Benito, poco á poco!... Mira lo que dices.

—Ya está dicho: aquí todo el mundo ha de callar, trabajar y obedecerme. Los dos somos viejos, y ya sabe cada uno lo que debe hacer, sin necesidad de cirineo. Así pues, limítate á tu ocupación y no me vengas con músicas.