—Repara primero...
—Nada tengo que reparar. Aquí el que no trabaja, me roba... Conque así...
—Puedes buscar cajero desde este instante.
Profundo silencio siguió á estas palabras. Se levantó Puig de su asiento; cerró el libro mayor que estaba abierto en el atril; bajó la tapa del pupitre, le cerró, y cogiendo el llavero donde estaban las llaves de la caja, que aún no se había abierto aquel día, se las entregó á Benito, que le miraba estupefacto, pero cada vez más pálido y desencajado.
—¡Ea! Aquí tienes las llaves. Haz el balance y el recuento con quien quieras, y no me vuelvas á ver en toda tu vida.
—Tú te vas por tu gusto y tu capricho. De aquí nadie te ha echado, y por lo tanto yo no soy responsable de lo que suceda.
—Aquí no sucede nada, sino que no me acomoda sufrirte más y no te sufro. Que en cualquier parte puedo ganar el sueldo que me das, y que no habrá nadie que se crea con derecho para tratarme de manera tan humillante.
—¡Falso, falso! Yo no te he tratado mal; tú eres el que me ha faltado, y yo no te he despedido.
—Adiós, Sr. de Bonet. Sea usted dichoso y tome usted las llaves...
—Y aquí tiene usted la escoba—dijo Rispall con la melodramática entonación de un rey que abdicara su corona y entregara su cetro al mismísimo Senado, dejándola caer al pie de la mesa grande.—Yo me voy con usted, Sr. D. Juan, una vez que aquí se desconocen mis servicios y se me insulta y escarnece. Me llevaré el plumero, porque ese al menos no es un mueble tan deshonroso como la escoba.