—Gracias, Rispall, gracias; pero no te necesito y puedes ahorrarte la molestia de acompañarme. Cuando yo te llamaba holgazán y te hacía limpiar, tú solías responderme que si D. Benito fuera el amo no te trataría tan mal como yo. Él es el amo; ahí le tienes, quédate con él y barre hasta que se te caiga la mano.
—¿Y va usted á abandonarme en esta situación?—dijo Lucía á Puig, saliéndole al encuentro antes de que transpasara los umbrales de la puerta y de modo que su padre no pudiera oirla.
—Ya te he dicho que nada temas—la respondió éste abrazándola y en voz apenas perceptible.—Calla, confía y espera.
—¡Todos rebeldes, todos ingratos!—decía Benito, rugiendo de coraje y mordiéndose los puños.—¡Mejor..., que se vayan! Yo quedaré solo en mi puesto cumpliendo con mi deber y no dejándome insultar de nadie.
Sordo murmullo estalló en el patio central de la fábrica. Puig, que ya transpasaba el umbral de la puerta grande del escritorio, volvió adentro; y Lucía, separándose repentinamente de los brazos de su padrino, se dirigió al balcón y le abrió de par en par. Entonces la gritería aumentó de un modo terrible, al mismo tiempo que doña Bernarda, no muy embellecida todavía por el tocado matutino, se presentaba temblando de indignación y roja de cólera.
—Pero, hermano, ¿qué es esto? ¿Qué es lo que has ordenado en tus arrebatos furiosos?
—¿Tú también vienes á insultarme y á volverme loco?
—¡Temo un atropello..., un horror!
—Pero ¿qué sucede?—dijo Puig, con acento enérgico y como disponiéndose á intervenir en el conflicto que preveía.
—¡Acaba de hablar con mil de á caballo!