—Que hay un motín en la fábrica. Que dicen que has aumentado las horas de trabajo, sin aumentar los jornales...
—¡Cierto, eso he hecho porque me parece justo!
—¡Y todos se van! ¡Y se declaran en huelga!
—¡Bien hecho, ciudadanos! ¡Mueran los burgueses!—gritó Rispall desde la puerta.
—¡Todos fuera!, ¡que se vayan todos!, ¡yo no necesito á nadie!—gritaba Benito como un energúmeno.
—Pero, hermano, repara lo que dices, reflexiona lo que haces.
—¿Pero no has comprendido, infeliz hermana, que esto no es un hecho aislado y sin importancia? ¿Ignoras que esto es una rebelión completa, amasada sin duda por algún infame, atentatoria no sólo á mi fortuna, sino quizá también á mi vida? Tú misma ayer la primera, luego el inepto Ramirito, mi constante amigo y compañero Puig, mi hija, ese mismo imbécil de Rispall que da mueras á mi persona desde mi misma casa; todos, todos contra mi opinión, contra mis justas órdenes de economía, de orden y de trabajo, convierten la fábrica en un infierno.
—¡Pero si es que tu fisonomía es otra! ¡Si es que tus ojos son de fiera, y tus palabras de demente furioso!
—¡Ni el czar de Rusia está más espantoso!—añadió Rispall.
—¡Papá, por Dios, serénate! Asómate al balcón; habla á esos hombres que vociferan contra ti, que gritan como furiosos...