—¡Todo el que no esté conforme con lo que yo dispongo, que se vaya, y que me deje y no vuelva nunca! ¡Afuera, afuera todo el mundo!

—Esto es inútil... ¡Vámonos todos! ¡Muchachos, á su casa cada cual!—dijo Puig asomándose al balcón y arengando á la multitud amenazadora.—Mañana por la mañana temprano enviad una comisión y hablaremos. Ahora, orden, silencio y todo se arreglará.

Los amotinados cesaron en sus voces como por encanto, y fueron desfilando poco á poco, que era sin duda lo que quería Puig. Ganar tiempo y apaciguar si era posible antes del nuevo día á su furioso amigo. ¡Ilusión engañosa! Benito seguía echando espuma por la boca y con los ojos casi fuera de sus órbitas.

—¡No hay nadie que resista á mi voluntad! ¡Yo soy el amo!

—¡Pero atiende á la razón, hermano!

—¡Y las mujeres no tienen nada que hacer aquí! ¡Á obedecer y á callar!

—¡Cómo! ¿De esa manera nos tratas?

—¡Y Dios os libre de que me resistáis!

—¡Pues, hermano mío, lo siento mucho! Para servir de criada á un loco, y para que me maltrate hoy de palabra y mañana de obra un amo tan bravío y tan salvaje, en cualquiera parte encontraré donde ganar el sustento con mi trabajo. ¡Desde este momento puedes buscar quien te sirva, que yo no sirvo para esclava!

—¡Bravo, doña Bernarda, eso es portarse dignamente!—dijo Rispall con entusiasmo.