—¡Me alegro, así te perderé de vista cuanto antes!

—¡Papá, por Dios!...

—¡Y tú, vete también con ella, fuera de mi casa!

—Cuando atropella á su hija, ¿qué no hará con todos nosotros?

—¡Papá..., mira lo que dices!

—¡Afuera, afuera todo el mundo!

—Ven, sobrina, ven; tu padre está loco y no debemos permanecer ni un solo momento á su lado. ¡Sería capaz de matarnos!

—¡Adiós, Benito! Dios te ilumine y te tranquilice—dijo Puig, dirigiéndose á la puerta.

—¡Muera el tirano!—gritó Rispall, queriendo asomarse otra vez al balcón.

Pero encontró en su camino á Puig, que dándole un puntapié le hizo salir á escape del escritorio apagando su entusiasmo revolucionario.