—¡Qué barbaridad! Usted se ha equivocado sin duda.
—Sí, han debido ser dos; pero descuida, que tiempo habrá de darte el otro, si vuelves á pronunciar otra palabra, ¡imbécil!
—¡Adiós para siempre, hermano! ¡Hasta nunca!
—¡Papá, papá!
—¡Afuera, afuera!—gritaba Benito en el colmo del furor.
Y todos, huyendo de la habitación, salieron sollozando, gritando ó jurando, mientras Bonet caía sin fuerzas sobre un sillón, quedándose absolutamente solo; y mientras, se oían á lo lejos los gritos de los obreros que repetían furiosos: «¡Mueran los burgueses, abajo los patronos!»