EL INCENDIO
Era la una de la noche. Un viento sudoeste, no muy violento, pero sí persistente, arrastraba las hojas de los árboles por la Rambla. Apenas un transeunte trasnochador cruzaba de tarde en tarde por alguna calle extraviada. La luz de los mecheros de gas oscilaba impulsada por el aire, y todo dormía en calma en la capital del Principado.
Al mirar herméticamente cerradas aquellas puertas, en alguna de las cuales se apoyaba algún sereno ó vigilante soñoliento, nadie hubiera adivinado que pertenecían á un café concurrido, á un comercio lujoso ó á una tienda de modas. De tarde en tarde se oían las palmadas de un vecino y el golpe del palo en el suelo con que le respondía el sereno. Era la hora del descanso de la ciudad, del sueño de sus habitantes.
Pero de pronto, rompiendo el monótono silencio nocturno, oyóse un silbido estridente; y como si sólo se hubiera esperado esa señal para un plan convenido, pronto repercutieron en el espacio otro igual y otros después y mil luego, que en diferentes direcciones y con desigual sonido llenaron la atmósfera con sus desentonados ruidos. Á poco comenzaron á correr algunos hombres por las calles principales, y luego otros que en confuso desorden corrían y se atropellaban, disputándose la gloria de dejar atrás á los que les precedían. Á lo lejos y por entre casas y tejados comenzaba á percibirse una columna de humo que tardó muy poco en ser reemplazada por un resplandor rojizo, seguido de chispas mil que iluminaban el espacio, semejando una lluvia de menudas estrellas ó las últimas vueltas de una gigantesca rueda pirotécnica.
Muchos curiosos abrieron las ventanas de las casas y se quedaron en ellas contemplando el movimiento de las calles: otros, más decididos ó más curiosos aún, vestidos de cualquier modo, se lanzaron á la corriente, siguiendo á los que parecían saber adónde se dirigían, y una multitud cada vez más compacta invadió el barrio donde estaba situada la fábrica de Bernaregui.
La señal general de alarma se había dado muy tarde. Necesariamente hacía lo menos dos horas que había estallado el incendio, á juzgar por el incremento que éste había tomado y por el número de los que ya habían acudido á sofocarle. Pertenecían á este número en primer lugar los dueños y habitantes de la casa, y después los vecinos de todas las inmediatas, y luego todos los operarios y obreros de la fábrica, que apenas se habían enterado de lo que ocurría, en mangas de camisa los más y mal vestidos los restantes, habían acudido decididos y valientes á sofocar un incendio que podía dejarlos por mucho tiempo sin trabajo, y de resultas sin medios de subsistencia. ¡Era su fábrica la que ardía!
Las más absurdas patrañas circulaban de boca en boca. Quién aseguraba que el fuego había sido motivado por un petardo; quién que hacía tres días que estaban ardiendo unos pies derechos sin que nadie lo hubiese advertido: unos atribuían la catástrofe á una mano criminal, otros al dueño del establecimiento, que por tenerle asegurado esperaba consolidar su fortuna comprometida en empresas arriesgadas, y cuál más cuál menos contribuía con la propagación de tales absurdos á la calumnia y á los despropósitos.
La verdad no era aún conocida sino de muy pocos, y por lo natural y sencilla hubiera sido rechazada por las imaginaciones impresionables, ávidas siempre de dar á los hechos más triviales proporciones desmedidas y melodramáticas.
Hecha, como todas las noches, la requisa acostumbrada, el gasómetro había quedado abierto, por uno de esos descuidos tan comunes como inexplicables: uno de los dos mozos que estaban de patrulla quiso penetrar en la habitación, hostigado por un presentimiento de que ni él mismo podía darse cuenta, y en vez de llevar, como estaba ordenado por el ingeniero, una lámpara de seguridad Davis, entró en ella con un farol de aceite. El cuarto estaba saturado de gas y enrarecida, por lo tanto, la atmósfera: la llama del farol inflamó el gas, y se produjo en el acto una terrible explosión, por lo que quedó muerto el pobre guarda, portero al mismo tiempo de la casa. Á la terrible detonación se habían desplomado dos tabiques, se había roto un sinnúmero de cristales y se había resentido toda el ala derecha del edificio. El espectáculo era terrible, pero hermoso. Los ingenieros no habían llegado aún: los operarios trabajaban con fe, con ahinco, con rabia, pero sin concierto, sin dirección. Un señor desconocido cogió una bocina y empezó á dar órdenes á su capricho. Sin duda comprendió que lo más esencial era localizar el fuego antes de proceder, como ya habían empezado á hacerlo los obreros, á desocupar los almacenes de la izquierda, pues en los de la derecha era donde el incendio estaba haciendo ya sus estragos. Desocupar éstos hubiera sido expuestísimo por amenazar hundirse pronto el pavimento. Si esto hubiera ocurrido en el acto era probable la extinción del incendio, pues tantos fardos como en él había y los escombros del piso hubieran sido bastantes á apagar las llamas que hasta entonces estaban circunscritas á las paredes del cuarto del contador del gas. Pero no era posible esperar aquel hundimiento, con tanta más razón, cuanto que el incendio había empezado á propagarse hacia la galería de la casa, cuya pared medianera lamían ya las llamas.
Un piquete de bomberos, las bombas del distrito y las de la sociedad de seguros donde estaba inscrita la fábrica, cincuenta soldados con un capitán, los dos ingenieros industriales de la casa, el arquitecto municipal, el teniente alcalde, el gobernador de la provincia y un piquete de guardias civiles, amén de varios municipales y guardias de seguridad pública, componían el total de las gentes que habían acudido á las repetidas llamadas de los pitos, sin contar con la multitud de curiosos más ó menos atrevidos y más ó menos filántropos que invadían los alrededores, estorbando el paso y perjudicando la libre circulación.