Obreros y operarios rivalizaban con los bomberos en valor y trabajo, si no en maestría. Á una voz que gritó: «Abajo la pared medianera,» siguieron otras que decían: «¡Fuera, fuera!,» y á los pocos momentos caía sobre la tierra lo que de la tierra había salido: piedras, barro, ladrillos, yeso: todo negro, todo humeante, todo candente, produciendo en su rápida caída un humo espeso, mezcla de polvo y llamas, que cegaba la vista y ensordecía los oídos.

Apenas derribado el paredón, se precipitó sobre la galería una densa y obscura nube de humo, que á los cinco segundos estaba convertida en imponentes y azules llamaradas. El calor se hacía insoportable en el patio central: los hombres trabajaban con más bríos, pero con menos fuerza: el hombre de la bocina gritaba: «¡Relevarse; los que están sacando al patio los fardos, que suban ahora al tejado!,» y los obreros obedecían como soldados; los soldados trabajaban como obreros, y los bomberos como héroes de la antigüedad, como gigantes, como Hércules.

El gobernador y el teniente alcalde, que estaban en el centro del patio, asentían á las órdenes del de la bocina; sólo el capitán de ingenieros dijo por dos veces que á él le parecía que allí no se hacía nada y que se dejaba un camino franco á las llamas para que se apoderaran de todo el edificio.

¡Agua y más agua, brazos y más brazos! Ya se había desplomado el piso del almacén con todos sus efectos, que ardían á más y mejor. Tres tabiques habían sido echados abajo por los bomberos y dos por las llamas, y éstas no cedían: habían penetrado ya en la sala de las máquinas. Por fortuna los telares estaban en el fondo del segundo patio, y el gran depósito de balas de algodón, donde acababan de instalarse hacía escasamente una semana más de quince toneladas para sufrir la primera carda, parecía estar completamente á cubierto del voraz elemento.

De repente de entre un grupo de cíclopes apareció un fantasma envuelto en llamas y gesticulando, roja la cara, rojo el traje, roja la barba, como el Mefistófeles de la ópera, como el Boccacio de la zarzuela.

Todos los ojos se fijaron en él, absortos y aterrados, como si de aquel hombre dependiera la vida de todos; como si tuviera en sus manos por misterioso decreto de la Providencia la dirección de la catástrofe: un silencio sepulcral sucedió, repentino y solemne, á los gritos, á las vociferaciones, á los ruidos de piqueta y azadones. ¿Quién era aquel hombre? ¿Qué decía?

Aquel hombre era el maquinista, que llegándose al de la bocina y arrebatándosela de las manos, gritó jadeante con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡La máquina grande está cargada; el agua hierve; va á estallar!

Paralizáronse todos los brazos; inmutáronse todos los semblantes, como si las fuerzas de todos se hubiesen agotado en un segundo, como si de un solo golpe y por modo sobrenatural y prodigioso se hubiesen concluído en aquella masa heterogénea, á un mismo tiempo y de un solo golpe, la serenidad, la fuerza y el valor.

Á pesar del color rojizo de la atmósfera, todos los semblantes se tornaron lívidos, amarillos. El estupor de aquella multitud no impedía á su razón comprender que era preciso, inminente, tomar una resolución rápida y salvadora. Nadie, sin embargo, se atrevía á llegar á la máquina, nadie á lanzarse á la válvula salvadora. El bronce estaba ya candente; el riesgo aumentaba á cada segundo, y todos se hacían, sin atreverse á formularle en voz alta, el siguiente dilema: Ó huir abandonando la fábrica á su total ruina, ó morir allí diezmados, quintados los más valientes, sin posibilidad de éxito, ni salvación humana; porque es indudable, los que no hubieran perecido mortalmente heridos por los mil proyectiles que lanzaría al espacio la máquina al estallar, hubieran muerto entre los escombros, porque no resistiendo los muros cuarteados el tremendo estallido, unos antes y otros después se hubieran ido desplomando sobre todos.