Algunos retrocedieron de los puestos donde estaban, otros quisieron apelar á la fuga, pero se encontraron con una muralla viviente que los cerraba el paso, y unos y otros se miraban consternados como pidiéndose mutuamente una idea salvadora que los tranquilizara de repente, como de repente se habían visto aterrados por el peligro. En aquella vacilación, en aquella duda, en aquel pánico, nadie se atrevía á dictar una orden, á tomar una medida, á realizar un acto más ó menos desesperado, pero que estuviera á la altura de las circunstancias, de aquellas circunstancias que duraban ya quince ó veinte segundos, la nada en el tiempo, y que parecían haber durado veinte siglos.

Un ruido análogo al de cien locomotoras partiendo simultáneamente de una estación, pero inmenso, imponente, aterrador; ruido semejante al que produce la lava de un volcán al salir del fondo de su hirviente cráter; ruido parecido al de las aguas al despeñarse por las montañas con la fuerza de la catarata del Niágara, pero no seco, no estridente, no ensordecedor, sino prolongado, viviente, humano, hizo adivinar á aquella multitud aterrada que la válvula había sido abierta, y que por lo tanto el peligro quedaba reducido á que la máquina se fundiese como plomo.

¿Qué había sucedido? Nadie pudo explicárselo entonces; pero el hecho inexplicable pronto corrió de boca en boca, como habían corrido una hora antes los absurdos acerca del origen del incendio, y pronto tomó el acontecimiento la sublimidad de un poema.

Un hombre, cubierto con un capote que había arrebatado á un guardia civil, empapado en agua y con una piqueta en la mano, se había aproximado á la máquina grande: á su espalda una manga no dejaba de lanzar sobre su cuerpo gruesa columna de agua, y de frente otra hacía lo mismo sobre su pecho. Si el calor era insoportable, asfixiante, en el patio, ¿qué no sería en el cuarto de las máquinas, rodeado de llamas por todos lados? Aquel hombre enarboló la piqueta, dió dos ó tres golpes hercúleos sobre la válvula; cedió ésta, y el agua hirviendo á borbotones, con un ruido infernal, se precipitó sobre el pavimento, no sin haber quemado antes un pie al héroe de aquella noche. Cuando éste se presentó herido sobre un paredón, sosteniéndose apenas entre los brazos de un bombero, los vivas y las aclamaciones ensordecieron el espacio. ¿Quién era? ¿Quién le conocía? ¡Todos: casi todos los que habían temblado ante el peligro! ¡Era Puig!, ¡el cajero!, el dependiente de D. Benito Bonet, según decían y sabían todos los de la fábrica; el dueño del edificio, el jefe de la casa de comercio de Bernaregui, según creía aún la mayor parte del comercio y del vecindario de Barcelona.

¡Oh! El riesgo que aquel hombre había corrido por salvarlos á todos, era inmenso, mortal, seguro, y su audacia y su valor increíbles. En un solo momento, y con exposición casi cierta de su vida, había salvado las de cien infelices: había devuelto cien padres, cien maridos, cien hijos, á sus madres, á sus esposas, y había ahorrado á la empresa de seguros muchos miles de duros que ya podía contar como fuera de su caja.

Hubo que retirarle del incendio en una camilla, pues el agua hirviente había abrasado su pie izquierdo; y entre gritos de entusiasmo y vivas prolongados le acompañó la multitud á la casa de socorro más próxima; sus habitaciones estaban situadas encima del cuarto de las máquinas y amenazadas por lo tanto de una destrucción inmediata.

Á todo esto, el inminente peligro de la explosión de la máquina había desaparecido, pero el incendio continuaba extendiendo su estrago. Ya no existía el techo, ni los pisos de las tres salas grandes de los almacenes de la derecha, y ya parecía que el incendio iba á propagarse al piso segundo, cuando un vivísimo relámpago, seguido inmediatamente de un estridente trueno, vino á anunciar que lo que hasta entonces y desde las siete de la tarde había sido viento seco debía convertirse pronto en fuerte chaparrón. En efecto, precedida de algunas gotas gruesísimas y perezosas, abrióse la nube, y un torrente, un río caudaloso cayó con inusitada furia sobre las llamas y los hombres. Apagáronse los hachones con que éstos se alumbraban en las partes no incendiadas del edificio, y por espacio de treinta y cinco minutos dejóse trabajar sola al agua del cielo, pues tal era la furia y la abundancia con que caía, que hubiera sido imposible trabajar durante la tempestad.

Cuando pasó la nube y aquélla cedió, aunque no del todo, el cuadro era distinto por completo: barro y cenizas; llamas expirantes; olor á tierra mojada, á madera y tela quemadas, á metal fundido. Sobre aquellos escombros humeantes cayó á una vez por unánime esfuerzo de todos el torrente de las mangas de incendios, y á las cuatro de la madrugada se retiraba la fuerza de ingenieros, los guardias de seguridad, los curiosos y las autoridades. Sólo quedaron media docena de bomberos, para evitar la reproducción del incendio con su persistente vigilancia, y otros tantos obreros de la fábrica, para separar en los restos de los almacenes quemados lo totalmente perdido de lo que, aun con averías, podría ser utilizado.

En cuanto á desgracias personales, sólo había que lamentar la herida del pie de Puig, una contusión de pronóstico reservado en un bombero, un soldado herido en la cabeza y una mujer que se había lanzado entre las llamas para salvar á su marido, á quien un vahido había hecho caer sobre unos maderos incendiados. Las pérdidas materiales debían ser considerables; pero estando asegurado el edificio y además todas las mercancías, maquinaria y telares, claro es que la casa nada perdía, excepto el trastorno y el tiempo que había de tardarse en reponer lo perdido. Dos sociedades de seguros eran las que habían de liquidar el estrago y repararle á la mayor brevedad posible.

Justísimo es hacer mención de los que en aquella horrible noche habían trabajado con alma y vida para atajar el incendio. Todos los dependientes, todos los obreros de la fábrica, habían rivalizado en valor y heroísmo. Desde los barrios más apartados de la ciudad, desde las afueras muchos, desde la Barceloneta sobre todo, habían corrido presurosos á tomar parte en la lucha contra el elemento devastador, y todos á porfía, con palas, picos y azadones, habían derribado paredes, aislado tabiques, destruído medianerías y contribuído, en fin, á la extinción del incendio con todas sus fuerzas y su energía.