Pero mientras eso hacían todos los interesados en la catástrofe y muchos valientes ajenos por completo á ella, ¿qué había sido de Benito y de su familia, los más amenazados por cierto, puesto que tenían sus habitaciones precisamente encima del gasómetro, por donde el fuego había empezado á las altas horas de la noche? Veamos lo ocurrido.
Al ruido de la explosión se despertaron sobresaltadas Lucía y Bernarda, cuyas dos alcobas sólo estaban separadas por un tabique sencillo. En cuanto á Benito, no tuvo necesidad de despertarse, pues hacía muchas noches, y aquella menos que todas, que apenas podía conciliar el sueño. La sobrexcitación de sus nervios era cada vez mayor, y el día había sido de prueba para el pobre rico. Todos le habían abandonado, según él, por envidia é ingratitud; según ellos, por malos tratos y peores razones. Á ser supersticioso hubiera podido creer el desdichado Bonet que Dios se había apresurado á complacer sus deseos, pues no una, sino muchas veces, le había pedido que le mandara una inesperada solución á sus cavilaciones y propósitos, puesto que de tan mala manera eran recibidos por los que él creía debían ser obedientes y sumisos á sus mandatos.
No habían acabado los tres de vestirse apresuradamente, cuando ya se oían los golpes que en todas las puertas daban los guardias y las voces y preguntas angustiosas con que se respondía á aquellos golpes. Cuando salió Benito al corredor ancho que comunicaba con la escalera, ya se veía el resplandor de las llamas salir del contador incendiado. Bernarda y Lucía comenzaron á dar gritos desgarradores, á tiempo que Ramiro, huésped en una casa de la misma calle, acababa de asomarse al balcón y preguntar á gritos lo que ocurría. Vestirse apresuradamente de cualquier modo y lanzarse á la calle fué todo uno. Penetró en la fábrica, subió los escalones de cuatro en cuatro y tropezó con las dos señoras que los bajaban casi del mismo modo.
—¡Á mi casa!, ¡á mi casa!—dijo el joven enamorado;—salvar las vidas es lo primero, que tiempo habrá para lo demás.
Y dicho y hecho, dió su brazo á las dos damas atribuladas y con ellas subió á su modesta habitación, donde la patrona, ya vestida, atendió lo primero á cuidar de aquellas dos huéspedas, mientras Ramiro volvía á buscar á Benito, que presa de mortal congoja y sin fuerzas para moverse, continuaba en su habitación, á pesar de haberle ya ido á buscar guardias y dependientes esperando sus órdenes en aquel conflicto.
—¿Y mi hija y mi hermana?—preguntó el pobre hombre á Ramiro, en cuanto le vió de regreso.
—Están en salvo y usted debe hacer lo mismo. Ni su edad ni su estado son á propósito para resistir las emociones que se preparan. Véngase usted conmigo y reúnase á ellas. Desde mi cuarto se ve todo lo que aquí pueda ocurrir, y aun desde allí pueden dictarse órdenes si llega el caso. Dígame usted qué es lo primero que quiere que se salve, y antes de que el fuego tome más incremento, lo que me parece que ha de suceder muy pronto, se traerá todo á mi casa.
—¡La caja! ¡Los papeles del despacho pequeño!
—La caja es imposible transportarla en estos momentos. Pero D. Juan Puig tiene la llave; y como cajero, á él le corresponde atender á su obligación: en casa estará de seguro y ya habrá atendido á eso. Voy á buscarle en el acto, pero después que deje á usted instalado en mi domicilio.
—¡Oh, gracias, gracias! No sé si debo abusar; traté á usted mal esta mañana y no me parece correcto ahora...