—Déjese usted de cavilaciones: tiempo hay para colocar las cosas en el mismo estado en que quedaron esta mañana. Las circunstancias son extraordinarias y hay que atender á ellas en primer lugar. Vamos, aprisa, aprisa, recoja usted papeles ó alhajas si están á mano y salgamos cuanto antes.

—Sí, algo hay, aunque poco; yo todavía no tengo fondos. Los asuntos de la Notaría no están arreglados...

—Mejor, mejor; dése usted prisa. El tiempo urge...

Benito dió varias vueltas por sus habitaciones sin aplomo ni calma para sobreponerse á las circunstancias, y merced á estar abiertos los cajones de la cómoda de su hermana, cogió de ellos dos ó tres estuches pequeños; se metió en los bolsillos á granel los cubiertos de plata que estaban en el comedor, y cogiendo en el aturdimiento dos ó tres prendas de ropa de las peores y que menos falta podían hacerle, salió de su cuarto, dejándole abierto, y bajó con Ramiro la escalera. Éste había recogido del cuarto de Lucía varios vestidos y otras prendas de vestir, y oprimiéndolos contra su pecho acompañó á Benito á su domicilio. Ya instalados allí los tres y asomados al balcón pudieron presenciar la llegada de las autoridades, la tropa y los bomberos.

D. Juan Puig entretanto, ayudado sólo del conserje, entró en el escritorio, abrió la caja de caudales, recogió á granel los billetes y el oro y cargó á su acompañante con seis grandes libros. La plata quedó en cuatro talegos y varias esportillas dentro del arca. Ya no había tiempo ni aquella era ocasión para recogerla, y si el fuego llegaba á ella, lo más probable es que se encontrara después fundida entre los escombros: no pasaría, después de todo, de tres ó cuatro mil duros, pues el día anterior, como sábado, se había hecho el pago general de operarios y obreros en ese metal.

Apenas hubo Puig recogido el verdadero numerario de la caja, que ascendería á cerca de treinta mil duros, salió de la casa con el conserje y se dirigió á una plaza próxima, donde á pesar de lo intempestivo de la hora no tuvo que llamar más que dos veces á un gran almacén cerrado. Al ir á hacerlo la tercera, salió un mancebo, y apenas reconoció á D. Juan le hizo entrar seguido del conserje. Á los diez minutos salieron otra vez los dos hombres, y pocos momentos después de ellos el dueño del almacén y uno de sus hijos. Era el principal antiguo amigo de Puig y uno de los más honrados y laboriosos almacenistas de géneros coloniales de Barcelona.

En aquella acreditada casa dejó Puig sin escrúpulo, y sin recibo por supuesto, ni otro documento alguno, el contenido de la caja y los libros de contabilidad de la fábrica. No podían estar más seguros. Antes hubiera perdido Parellada, que así se llamaba el comerciante, toda su fortuna, que negar la entrega de su amigo, ni distraer un solo céntimo de toda la cantidad depositada. Así el tendero como su hijo mayor corrieron al lugar del incendio para trabajar como todos, dejando su tienda al cuidado de su hijo menor y de los dos mancebos. Parellada era viudo y no tenía más mujer en su casa que una criada de cincuenta años de edad, hermana de leche de su esposa, muerta hacía diez años de la epidemia colérica.

Cuando Puig regresó á su casa, ya las llamas salían por las rejas del piso bajo, y le costó trabajo hacerse reconocer por los guardias de seguridad para que le dejaran penetrar en su domicilio. No fué poca su sorpresa cuando no encontró á nadie en las habitaciones de Bonet, y más aún cuando nadie supo darle noticias suyas. En los primeros momentos de aturdimiento, como en los que le seguían de angustia, nadie los había visto, ni sabía de ellos. Además, tampoco Puig podía entretenerse en tales averiguaciones, cuando la catástrofe arreciaba y todos los esfuerzos eran pocos para vencerla ó por lo menos resistirla.

Desde aquel momento se le vió en los sitios de mayor peligro. Trabajando sin cesar, ya con los picos, ya dirigiendo las mangas, ya echando abajo los tabiques; hasta que al oir la fatal amenaza del maquinista llevó á cabo él solo el acto más heroico de la noche. Cuidado en la casa de socorro con el mayor esmero después de haberle hecho la primera cura, fué visitado en ésta al día siguiente por el gobernador de la provincia, el alcalde y hasta el capitán general, todos los cuales á porfía elogiaron su comportamiento y ensalzaron su acto de valor, conforme lo hacían los mejores órganos de la prensa de la localidad.

No dejaron de acudir todos los obreros de la fábrica y hasta multitud de curiosos, ávidos de hablar y contemplar de cerca al que ni en su fisonomía, ni en sus palabras demostraba tener el temple superior de alma que parecía necesario para descollar entre tantos como aquella noche habían merecido el dictado de héroes. ¡Tal era su sencillez de semblante y de expresión!