¿Cómo entre tantos no había acudido ni un momento á estrechar su mano su compañero, su amigo, su principal? ¿Cómo Benito Bonet, al que ya debían haber contado todos los pormenores de aquella escena terrible, el que como nadie debía agradecer que Juan hubiera expuesto su vida por salvar de una ruina completa la fábrica y de una muerte segura á tantos valientes, no estaba á su cabecera en unión de Bernarda, su esposa de deseos, ya que no de hechos, y de Lucía, su ahijada en las pilas bautismales y á la que amaba como á una hija?

¿Es que llegaba á tanto el rencor en el corazón de aquel rico improvisado que no podía olvidar, ni con tan extraordinaria causa, las palabras de queja y de despedida con que se había separado de él, quizás para siempre, el infeliz cajero? ¿Y ellas? ¿Tan terrible había sido la orden, tan ajenas estaban sus almas de sentimientos generosos, que no habían querido afrontar el enojo de su padre y su hermano respectivos, por cumplir con lo que debía dictarles su cariño de tantos años?

Nada de esto era cierto, sin embargo, aunque los hechos las acusaran de ingratitud y de olvido. Las pobres mujeres habían caído enfermas del susto y del terror de la noche pasada. Sus habitaciones, que habían vuelto á ocupar desde las primeras horas de la mañana y que sólo habían sufrido ligerísimos desperfectos, estaban también desiertas. Así Lucía como Bernarda estaban acostadas cada una en su lecho con algo de fiebre y con los miembros doloridos. Una tenaz neuralgia las oprimía las sienes y no se daban bien cuenta de todo lo ocurrido. En cuanto á Benito, al volver á su casa recorrió todo el edificio para enterarse minuciosamente de cuanto en él había ocurrido, y después de examinar todos los estragos del incendio y de calcular el tiempo y el dinero que harían falta para volver á contemplar su casa en el estado en que estaba antes del siniestro, se dirigió rápidamente á casa de Ortiz de Llauder el notario.

—Ya sabrá usted por la prensa de la mañana lo ocurrido anoche en la fábrica. El fuego ha sido terrible, las pérdidas son de gran consideración, y aunque todo estaba asegurado, la paralización en los trabajos, la compostura del material susceptible de ella y la compra de maquinaria nueva retardarán algún tiempo la reapertura de la fábrica y producirán un gran déficit en los ingresos de la casa, ¿no le parece á usted?

—Indudablemente; no puedo juzgar de la importancia de una catástrofe que no conozco más que por el relato de los periódicos y por lo que usted me dice; pero si el hecho es tal como usted asegura y yo creo, me parece muy difícil que las obras que corresponden á la compañía de seguros y las indemnizaciones en metálico que se han de percibir, previas tasaciones y cálculos, estén terminadas antes de medio año.

—Y como usted comprende, señor Notario, una casa en donde son nulos los ingresos durante medio año, ingresos que no son más que la renta de todo el capital que constituye mi fortuna, reduce á la mitad por lo menos dicha renta, precisamente en el primer año de ser explotado el negocio por el nuevo poseedor.

—Todo eso es muy cierto. Pero ignoro adónde va usted á parar.

—Mi venida en estos momentos significa que vengo á hacer á usted dos preguntas importantísimas; y tanto, que las he antepuesto á mis necesarias visitas á las autoridades, por si como es natural necesitan mi concurso para esclarecer los hechos ocurridos anoche, y á las oficinas de las dos compañías de seguros donde están inscritas casa, mercancías, máquinas, etc. Ya ve usted si será grave para mí la consulta.

—Pues hable usted sin más dilación. Ya sabe usted que estoy dispuesto á servirle y que por mi profesión debo ser reservado, trátese de lo que se trate.

—Confío en ello sin necesidad de que usted lo asegure y paso á explicarme. Mi primera pregunta es la siguiente: Anoche, en los primeros momentos del incendio y poco después de la explosión de gas, origen del siniestro, gracias á la bondad de uno de mis empleados pudimos albergarnos mi familia y yo en la casa donde vive dicho sujeto. Desde los balcones de dicha casa, situada cerca de la mía, pudimos ver casi todo lo ocurrido y admirar los rasgos de valor de cuantos con más ó menos acierto contribuyeron á atajar el incendio, y en particular el de mi cajero hoy y antiguo amigo de toda mi vida, Juan Puig, que según habrá usted leído en la prensa, está herido, aunque no de gravedad, por haberse lanzado á abrir la válvula de la máquina grande en un momento decisivo. ¿Ha leído usted ya ese rasgo notable?