—De resultas de haberlo leído salí en el acto esta mañana y fuí á la casa de socorro donde se encuentra. Quise traérmele á mi casa por si sus habitaciones de la fábrica y las de ustedes, además de las suyas, habían sufrido hasta el punto de no poder utilizarse; pero los médicos han asegurado que convenía la quietud al enfermo, durante dos ó tres días por lo menos, y la asistencia continua que allí pueden darle. De manera que mi propósito ha sido vano. Todo esto lo sabrá usted ya sin duda, pues supongo que habrá usted ido á verle y que quizá venga de allí en este momento.

Una ligera tinta de carmín tiñó los pómulos de Benito, que respondió:

—Aún no he ido á verle, pero lo haré hoy mismo en cuanto me sea posible. Una reyerta de poca importancia que tuvimos ayer mañana ha venido á turbar nuestras buenas relaciones; y no sé si una vez curado persistirá Puig en la resolución de separarse de mí, que es lo que decidió ayer, creo que irrevocablemente.

—¿Y fué de poca importancia el asunto? ¡Pues no sé lo que hubieran decidido ustedes á haber sido grave la reyerta!

—Cuestión de caracteres nada más.

—Adelante, amigo mío, adelante.

—Como le iba á usted diciendo, á poco de iniciarse el incendio vi salir á Puig de la fábrica, acompañado del conserje, que llevaba en su cabeza los libros de la oficina y según me pareció adivinar los fondos de la caja de caudales.

—Naturalísimo era que procurara salvar antes que nada lo que estaba confiado á su custodia.

—Y esta es mi pregunta: ¿depositó en su casa de usted dichos efectos? ¿Están aún en ella?

—Amigo mío, si le hubiera usted interrogado á él, que es lo primero que creo debía usted haber hecho, después de enterarse de su salud, sabría usted ya que ni yo soy el depositario de tales objetos, ni vino aquí Puig anoche á ninguna hora. Puede usted interrogar al conserje, y éste le dirá cuanto sepa en el asunto.