CAPÍTULO XIV
LA RECOMPENSA
Hay que hacer justicia á la humanidad. Si todos los días se registran en los anales del crimen hechos aislados monstruosos que casi nos producen el deseo de no pertenecer á la familia humana, no faltan en cambio ejemplos continuos de abnegación, de filantropía y de caridad. Sobre todo, cuando esa familia se reune en grupos y casi forma multitudes, una voz generosa, una exclamación heroica bastan para que la chispa eléctrica del bien estalle en todos los corazones y se acometan por todos actos de sublime valor ó de caridad evangélica. El vulgo, impresionable, susceptible de amar y de odiar en un minuto, irreflexivo y vehemente, es capaz de todo lo sublime y de todo lo infame con idéntica facilidad de asimilación, y así se le ve siempre en la historia formando legiones de mártires ó de verdugos.
Pero cuando ese vulgo se hace terrible, ejerciendo su feroz poderío en provecho del mal, preciso es reconocer que causas más ó menos lógicas, pero siempre graves, persistentes y terribles, le han empujado á aquel extremo. Cuando incendia, cuando asesina, cuando arrastra lo que se opone á su paso, es que se erige en juez y pretende castigar agravios, injusticias y tiranías con más equidad y rapidez que lo han hecho los jueces legales, los reyes, los sacerdotes ó los ministros. En cambio cuando el vulgo se hace compasivo, heroico, sublime, no necesita causas anteriores; es bueno por instinto, con rapidez, con energía, espontáneamente.
Así se ven siempre en las catástrofes públicas grupos numerosos de hombres y mujeres que se sacrifican por sus semejantes, á quienes no conocen; que exponen su vida por salvar las de sus hermanos extraños, y que obedeciendo al ciego impulso de la caridad y del entusiasmo, realizan actos sublimes á que no podrían haberlos conducido discursos morales, sermones religiosos ni órdenes superiores.
En los incendios casuales ó intencionados, en los accidentes ferroviarios, en las invasiones epidémicas, en las inundaciones, en todas las catástrofes públicas, es donde se ven con más frecuencia las acciones sublimes de ese vulgo tan calumniado y de esa humanidad tan miserablemente pintada por los secuaces monomaníacos de la escuela naturalista; escuela tan hermosa y tan docta como todas las demás en manos de los maestros, pero más perniciosa que ninguna en las de los indoctos apasionados.
No es, no, la humanidad raza perversa de Caínes, vergüenza del Criador que la formó, y manada de tigres y de hienas, alimentándose sólo de la mísera oveja ó del inocente cervatillo desprevenido á sus ataques; irredimible é irresponsable de sus actos de piratería y canibalismo, por ser engendrada del espíritu del mal y engendradora á su vez de la perpetua escoria de la creación; sin Dios, sin ley, sin conciencia, sin ayer, sin mañana, sin otra misión que la de vivir y morir, sin otro mundo más que el del planeta que habita, sin más leyes que las físicas y las naturales.
Eso sería bueno si el hombre sólo poseyera su envoltura mortal, efímera y deleznable, como todo lo que es materia; si no existiera en él el libre albedrío, la voluntad, el entendimiento, la memoria, los atributos, en fin, de su alma imperecedera:
esa noble porción alta y divina,