á mayores misterios es llamada

y en más nobles esfuerzos se termina.

Y de ello da pruebas inconcusas, ya aislada, ya colectivamente, en distintas ocasiones, en diferentes países, en diversas épocas. No á todos los hombres les es dado, ni todos los días es fácil encontrar hechos que lo demuestren, probar que por virtud de su propio ser son hijos de Dios ni herederos de su gloria; pero si el bien fuera tan escandaloso como el mal, y nuestra prensa periódica moderna, sobre todo, dedicara una sección á la virtud, como se la dedica al crimen, nos admirarían los relatos diarios de virtudes desconocidas y de heroísmos domésticos.

En el incendio de la fábrica de Bernaregui sobraron ejemplos de esta verdad consoladora. Lo que empezó en casi todos por curiosidad, se convirtió pronto en interés, cambiándose en seguida por lástima, para terminar en entusiasmo contagioso de heroicidad y sacrificio. Hombres, mujeres, niños, soldados, bomberos, autoridades; todos, en fin, cuantos presenciaban la catástrofe, tomaron parte activa en ella para dominarla y vencerla; y cuando á la madrugada siguiente, quedaron sólo en el lugar del incendio los escombros humeantes, sobre un río de fango, ni una sola persona pensó en hacer valer sus sacrificios, ni un solo hombre reclamó premio por sus heridas, sus quemaduras, su heroico trabajo, su sublime cansancio, su ropa destrozada ó sus enfermos abandonados. Todos se escaparon á la gratitud de los interesados, todos se escondieron á la admiración de sus paisanos, todos buscaron en el hogar doméstico, de donde habían desertado por el bien público, la alegre compensación de su trabajo en la modesta obscuridad de su retiro. Todos lo habían hecho todo, nadie había hecho nada.

¿Cómo y de qué manera se fué sabiendo quiénes eran los que más se habían distinguido en aquella noche memorable? Difícil es saberlo: de boca en boca y empezando por un recuerdo vago hasta concluir en una afirmación múltiple, llegó á oídos del elemento oficial cada rasgo notable, y desde la viuda y los huérfanos del guarda víctima de la explosión, recogidos en un asilo provincial, hasta el último bombero á quien fué preciso amputar un brazo y á quien se colocó de guarda en un jardín público, para cuando terminase la curación, todos encontraron un premio, si no igual á su merecimiento, apropiado á su necesidad más perentoria. Los que de nada necesitaban oyeron los entusiastas plácemes del gobernador de la provincia y del capitán general, y fueron propuestos para la cruz de Beneficencia, única que quedará de seguro en el mundo de las condecoraciones, cuando el viento de la verdad arroje para siempre del templo oficial esos ridículos cintajos de la vanidad humana.

Puig fué uno de estos últimos, y cuando después de haber permanecido seis días en la casa de socorro, pudo volver por su pie, aunque cojeando y del brazo de dos ayudantes, á sus habitaciones de la fábrica, todos los obreros que le esperaban en el portalón de la casa y en la calle prorrumpieron, al verle, en gritos de entusiasmo y aplausos ensordecedores, parecidos á los de la multitud en la noche del incendio.

Lucía fué la primera que le dió el brazo en el zaguán, para relevar á uno de los que le habían conducido hasta la casa, y de su brazo subió hasta sus habitaciones, en cuya puerta esperaba Bernarda, más digna y cariacontecida que de costumbre, pero también menos huraña y más tratable que siempre. Dos días antes habían ido las dos juntas á la casa de socorro á hacerle la visita oficial, digámoslo así, y á rogarle que á pesar de la desagradable escena del escritorio, no tomara determinación ninguna sino después de haberse instalado en su cuarto y de haberse restablecido del todo.

El bueno de Puig, á pesar de haber decidido no volver á pisar los umbrales de aquella casa, donde había vivido tantos años, accedió á los ruegos de sus dos antiguas amigas, prometiéndoles que hasta su total restablecimiento aceptaría su hospitalidad, puramente familiar y femenina, pero que no había de hablarse una palabra de negocios ni de arreglos con Benito, el cual no había ido á verle, siquiera por fórmula, á la casa de socorro en los seis días que había permanecido en ella, con gran sorpresa de todos.

¿Qué más? En aquel momento tampoco estaba allí, como todo el mundo, para darle la bienvenida y para recibirle. ¿Es que se había propuesto no volver á hablarle, considerándole como el último de los extraños, ó que llevaba tan adelante su puntillo de principal, que no quería dar á torcer su brazo en la reyerta anterior? ¿Quién sino él se acordaba ya de ella?

Lucía y Bernarda se apresuraron á disculpar su ausencia en aquel momento, diciendo á Puig que Benito había sido llamado por la dirección de la sociedad de seguros, y que en cuanto regresara, pasaría á verle. Ni una palabra se habló, como era natural y convenido, de las disidencias pasadas, y su larga conversación se redujo al acontecimiento supremo y á comunicarse los diferentes detalles que unos y otros ignoraban. Los trabajos de la fábrica estaban paralizados totalmente, hasta la recomposición de alguna máquina, la compra de otras y la limpieza y separación de escombros de las partes principales del edificio. Luego empezaría el examen y clasificación de mercancías averiadas, seguido de ventas en grueso y en pública subasta de las que se encontraran en este caso, con absoluta separación de las que existían incólumes; reconstrucción del edificio para más adelante, y reapertura completa de la fábrica para dentro de seis meses, que era el plazo marcado por los arquitectos.