La quemadura de Puig no ofrecía cuidado, siempre que continuara con la medicación y la cura dispuesta y permaneciendo en una quietud absoluta hasta ser dado de alta por los médicos: cuestión de veinte ó treinta días todo lo más. Con su grata compañía y su asidua tertulia, sobre todo por las noches, harían las dos mujeres lo posible para que no fuera tan largo el plazo señalado por la ciencia, y ningún enfermo sería más atendido ni mejor cuidado que él, en la que ahora, como antes y como siempre, no podía dejar de ser su casa.
Si el que calla otorga, otorgaba á todas estas razones Puig, porque respondía con el silencio á tan amables ofrecimientos y á tan cariñosas promesas. Una sola vez abrazó cariñosamente á su ahijada, y fué cuando la suplicó que indicara á Ramiro, si tenía ocasión de verle, que desearía hablarle, para darle gracias por lo bien que se había portado la noche del incendio, salvando, casi él solo, todo el escritorio y los copiadores y libros de correspondencia comerciales. Lucía, encarnada como una amapola, le contestó en voz alta, pues no guardaba misterios en este asunto con su tía, que sólo veía á Ramiro un rato por las tardes, cuando su padre se iba á pasear solo por la Rambla, pero que aquella misma tarde le manifestaría su deseo.
—¿De modo—la respondió Puig—que el mozo se considera despedido desde el otro día y no ha habido avenencia?
—Desde la otra mañana no ha vuelto á la oficina, y mi padre no ha preguntado por él ni por nadie. Se conoce que se considera libre de todo compromiso con sus antiguos empleados, y ni ha buscado otros nuevos, ni se lamenta de la ausencia de los antiguos. Ni sé lo que piensa, ni á nosotras nos habla más que lo indispensable para mandarnos. Esta es una situación insostenible, que no puede prolongarse y que no sabemos en lo que vendrá á parar.
Las lágrimas se agolparon á los hermosos ojos de Lucía, y diríase que Bernarda, á haber podido llorar de otra cosa que de rabia, la hubiese acompañado en aquella circunstancia solemne.
—Tu padre, hija mía, está enfermo; no me cabe duda. Yo no me acuerdo, ni quiero acordarme de lo que me ha ofendido; no le guardo rencor por el modo con que me ha tratado, y emplearé todos los medios que me sugiera mi afecto entrañable y mi pobre entendimiento para curarle. Su mal es tan grave, que de no hacer pronto crisis y encontrar en su propia intensidad una rápida y total curación, podría darnos que sentir. Fía en Dios, ahijada mía, y fía también en mí. Yo creo que muy pronto le volverás á ver como siempre fué, padre amante, amigo leal y hombre de bien, y su amor por ti volverá á ser tan grande como antes.
—Si para ello fuera preciso pedir á Dios la miseria, mi enfermedad ó mi muerte, crea usted que no vacilaría en pedírselas ahora mismo.
—Lo sé. Te quiero por buena hija y por buena muchacha, y si aprovechabas tú también la lección que Dios te ha dado indirectamente, nada habrás perdido en este cambio de tu padre, que tanto te ha afligido.
—No sé lo que quiere usted decir; pero estoy dispuesta á secundarle en todo y fío completamente en sus palabras.
—Y creo que para un enfermo son demasiadas las que nuestra charla le proporciona—dijo Bernarda levantándose.