Imitóla Lucía, y ambas dejaron solo á Puig, ofreciéndole volver en cuanto cenaran, para pasar á su lado las primeras horas de la noche.

Algunas después penetró Benito, con el ceño adusto de costumbre y una solemnidad que no dejaba de ser cómica, en la habitación del enfermo.

Poco expansiva y menos tierna aún fué la entrevista de los dos amigos. Disculpóse como pudo Benito, por sus muchas ocupaciones en circunstancias tan tristes, de no haber ido á visitarle á la casa de socorro: hízole de un modo más frío los mismos ofrecimientos que le habían hecho su hermana y su hija, y no abordando ninguna cuestión de intereses, ya se disponía á marcharse, cuando Puig le detuvo, diciéndole con semblante severo y fijando en él su mirada:

—Sé por Ortiz de Llauder, que me ha acompañado algunos ratos, la visita que le hiciste, apenas dominado el incendio, la otra mañana, y á las dos preguntas que le dirigiste, y á que él no podía contestarte, voy á hacerlo yo en el acto para no retardar más tu natural inquietud y tu no muy benévola impaciencia.

—Yo ignoraba la gravedad de tu herida, y era muy lógico que deseara saber la situación de mis intereses en aquel momento.

—Tienes razón; pero respecto á lo primero te diré que la mejor manera de saber si era ó no grave mi estado, era haberlo ido á ver por ti mismo, y allí á mi lado hubieras podido saber por mi boca lo que en vano fuiste á preguntar al notario, con gran sorpresa suya y no mucho contento mío.

—Te has vuelto tan suspicaz de poco tiempo á esta parte, que me veré precisado, para entenderme contigo en adelante, á no dar el menor paso que contigo se refiera. ¿Qué más da que te lo preguntara á ti ó á Llauder?

—Algo da más, puesto que sólo con haber ido á verme, como ha ido todo el mundo al saber mi accidente, te hubieras evitado las preguntas al notario ó á mí. Yo antes que lo hubieras preguntado te lo hubiese dicho, y de esa manera, sobre haberte portado bien conmigo y como nuestra antigua amistad exigía, te hubieras ahorrado el disgusto que aún debe durarte por tu curiosidad no satisfecha. En casa segura, que tú conoces, están los fondos que existían en la caja del escritorio, en billetes y oro, y que traté de salvar lo primero aquella triste noche, así como los libros mayor y diario y otros, que llevó sobre su cabeza un dependiente de la casa. Ahora mismo, puesto que ya estoy aquí, mandaré por todo: lo traerá el amigo leal que admitió el depósito sagrado, sin darme recibo ni documento ninguno, y por este punto ya puedes estar tranquilo.

—Ni lo estoy ni puedo estarlo. ¿Quién te dice que ese hombre, tentado de la codicia, en esos seis días que ha tenido en su poder esos fondos, no niegue ahora semejante depósito, y tú sin testigos ni prueba te encuentres conmigo en tan terrible descubierto? Vamos á ver, responde: y dime si soy yo el desconsiderado ó tú el visionario y el demente en fiarte así de cualquiera.

—¿Pero es posible que el afán del dinero tuerza los caracteres hasta el punto de hacer del tuyo un almacén de malos pensamientos y un depósito de peores juicios? No quiero contestar á tu idea de que la mala conducta de mi amigo me hiciera quedar á mí en descubierto contigo, puesto que en caso idéntico yo hubiera dicho con nosotros, haciéndome solidario de la pérdida; y responderé sólo á tu temor primitivo. Mi amigo, que no lo es tuyo ya, puesto que tan mal le juzgas, es un honrado comerciante incapaz de cometer acción tan villana y miserable. No te digo su nombre por evitarle la vergüenza de tener que sonrojarte ante él cuando le veas. Mi amigo, como te decía, ha ido á verme todos los días, y esta misma mañana quería aún dejarme el recibo que tiene hecho desde el momento que salí de su casa entregándole los fondos y que yo no quise recibir entonces ni hoy. Esta misma tarde vendrá con su hijo á hacerme la entrega, y en el acto puedes tú mismo volver á encerrar en la caja, cuya llave te entrego en este momento, cuanto yo saqué de ella. Cuéntalo, no en mi presencia, porque yo no necesito semejante exactitud fiscal, y date por respondido y enterado de todo esto. Pasemos al otro asunto.