—De ese hablaremos cuando estés completamente restablecido, que ya no puede tardar. Tengo tu palabra de que respetas y cumples con la carta postrera de Bernaregui, y me considero por lo tanto como heredero universal de todos sus bienes. Yo haré el balance, como es justo entre comerciantes, de todo lo que dejó á su fallecimiento y de cuanto hoy me entregues, y la diferencia ó déficit que ha de existir de seguro entre ambos capitales, servirá de base para un arreglo definitivo entre nosotros. Yo no he de exigirte judicialmente el reintegro; pero será preciso que de esa liquidación te obligues á devolverme, en los plazos que convengamos, lo que seas en deberme, y uno y otro quedemos como nos corresponde en asunto tan delicado y de tal trascendencia.
—¿Conque es decir, amigo Benito, que siendo yo el heredero legal de nuestro común amigo Bernaregui, y habiendo yo usado de su herencia con derecho y justo título, al respetar una carta, que á nada me obliga judicialmente, me exiges la entrega total de esa fortuna, como si yo tuviera otra con que responder á tu deseo, y como si al poseer tú hoy todo lo que de ella quede, no fueras impensadamente mucho más rico que tú podías figurarte haberlo sido nunca? ¿Conque es decir que cuando yo no apelo á mi derecho para disputarte esa herencia, sólo mía por la razón y por la ley, tú vas á apelar á la ley y á la justicia para liquidar esa herencia, que no es tuya sino por mi conciencia, y á obligarme á reconocer como deudor tuyo los pagos de la diferencia que resulte entre la fortuna que recibí de Bernaregui, y que he gastado en todos vosotros, y la que hoy representa la casa? Pues dígote, amigo mío, que ó estás loco, ó todo lo que haces debes hacerlo soñando. Despierta á tu razón, si te es posible, y no tires de la cuerda hasta hacerla saltar en perjuicio tuyo, cosa que podrá suceder con gran facilidad.
—Concluyamos de una vez, Juan, con estas cuestiones enojosas que á ambos nos pueden sacar de quicio. Yo he pensado mucho, yo he cavilado muchísimo desde hace un mes, y todo lo que veo me confirma en mis creencias y en mis resoluciones irrevocables. Seamos francos, y aquí que nadie nos oye, aclaremos para siempre el asunto. Á Bernaregui se le cohibió en su última enfermedad. Eso es indudable. De buen ó mal grado, esto es más probable, se le obligó á hacer un testamento que repugnaba á su conciencia y á su voluntad, y tomaras tú parte activa en ello, ó fueras inocente de esa infamia, te encontraste heredero de toda su fortuna, sin que el testador tuviese en cuenta en aquel testamento mi amistad, tan antigua como la tuya, ni mis servicios, tan grandes como los tuyos. Arrepentido el mismo, antes de morir, de su injusticia, y creyendo castigar á los que habían abusado de él, escribió la carta testamento, que no es otra cosa, que confió á otra persona para que la presentara en seguida en la notaría. ¿Qué persona fué esa, y cómo cometió la nueva infamia de no presentarla hasta tres largos años después de la muerte del testador? Esos son misterios que puede muy bien descubrir una información judicial, si llegara el caso de tener que entablarla. Pero el hecho existe, y todas las argucias del mundo no bastarán á destruirle. Yo ya he tomado mis informes, como era muy natural que lo hiciera quien como yo no está versado en cuestiones de derecho, y sé perfectamente, por los abogados á quienes he consultado, que toda la razón está de mi parte; que puedo impunemente apelar á un pleito, y aunque su tramitación fuera larga, recaería sentencia en mi favor. En este caso estamos, y por lo tanto creo que lo que exijo de ti es lo más razonable y lo más justo. Yo olvido el testamento primero, ofensa directa de Bernaregui; yo olvido que el testamento segundo ha estado oculto intencionadamente por espacio de cerca de cuatro años, detentando mis derechos y mi fortuna; yo olvido tu negligencia en darme posesión de ella y tu intención, como veo, de que yo tome lo que tú quieras darme á beneficio de inventario y en cualquiera forma; pero fuerte en mi derecho, reclamo todo lo que me corresponde; y lo que haré, en prenda de amistad y como recompensa á tu heroica acción de la otra noche, es aceptar los plazos que me propongas y en la forma que elijas, para reintegrarme de las cantidades que seas en deberme al hacer juntos la liquidación necesaria.
—La recompensa es tan sublime, que prueba lo meritorio de la acción. ¡Lástima grande que no hubieras estado la otra noche, como era tu deber, al frente de cuantos trabajaban para librar tu hacienda, y yo no hubiese llegado á tiempo para romper la válvula que salvó algunas vidas! Entonces la tuya hubiera concluído, sin tener jamás que avergonzarte de ella. ¿Era para todo esto para lo que exclamabas tan á menudo: «¡Si yo fuera rico!»? Rico eres ya, según parece; pero rico sin entrañas, rico sin creencias, rico sin generosidad, rico sin memoria, y lo que es peor, ¡rico sin alma! En tu hidrópico afán de contar tu dinero, de manosear tu fortuna, de gozar de tu herencia, calumnias á tu bienhechor, insultas al amigo de toda tu vida, ofendes á cuantas personas han intervenido en su última voluntad, reniegas de tu pasado, desconoces la razón, la justicia y el derecho y te revuelves airado contra las leyes divinas y humanas, contra la razón, contra todo lo que ataja tu insaciable apetito. Ya para ti no hay familia, porque la desconoces y la maltratas; ya para ti no hay amistad, porque reniegas de ella y la invocas sólo para tiranizarla y desconocerla; ya para ti no hay deberes de conciencia, porque tu egoísmo y avaricia acallan las voces de la propia y no quiere reconocer la santidad de la ajena. Mal padre, mal amigo, mal hombre y mal rico, en vez de consolar, de agradecer y de amar, calumnias, injurias, odias y maldices. ¡Miserable eres, y miserablemente acabarás!
Olvidándose de sus dolores y de las prescripciones médicas, Puig se había levantado del sillón donde estaba casi tendido, y pálido y conmovido, pero severo, frío y amenazador, accionaba con energía y daba á su voz entonación solemne y vigorosa.
Benito, absorto al principio, había recobrado su serena actitud, y con los ojos casi fuera de las órbitas, el semblante torvo y la boca convulsa escuchaba, rojo de indignación y de soberbia, las irritadas palabras de Puig.
Apenas concluyeron de sonar en sus oídos, sin tener en cuenta la situación excepcional en que su amigo se encontraba, sin reparar en que le daba hospitalidad en su propia casa, y un techo hospitalario es sagrado siempre, echando espuma por su boca y como si fuera á ser presa de una congestión, rojo como la grana y balbuciente, respondió, ó mejor dicho, gritó:
—¡Mientes, mientes una y mil veces! Vosotros sois los infames, los injustos, los calumniadores. Todos, todos los que me contradicen y me desobedecen y me injurian son los que muy pronto tendréis que responder ante la justicia humana primero y la divina después de vuestras palabras y vuestros actos. Yo he sido eliminado, robado, ultrajado por todos vosotros, y tú con tu fingida y traidora amistad, y mi familia con su exigente y desordenada conducta, y el notario con su culpable complicidad, y cuantos me rodean y cuantos me desafían, sufrirán las consecuencias de mi justa cólera. Para unos la cárcel, para otros el presidio, para todos la ruina y la miseria: ¡para mí solo la riqueza, el fausto, el dinero, la tranquilidad de espíritu y la felicidad sobre la tierra!
—Vete, Benito, vete, y no me obligues á que ahora mismo, sin reparar en nada, sin poder moverme, huya de tu casa para siempre y te castigue del modo más cruel que puedas imaginarte.
—Tu herida..., ¡farsa!; tu generosidad..., ¡mentira!; tu amenaza..., ¡risible y estúpida! ¡Vete, en buen hora, puesto que has desoído mis razones, y prepárate mañana á responder de tu conducta ante los tribunales!