—Abusas de mi estado y eres un miserable y un cobarde. Mañana, ni un día más tarde que mañana, te habré castigado como mereces.
Y pálido y sombrío, sin reparar ni recordar su herida, Puig se lanzó á la puerta para salir de la habitación. Sus fuerzas le engañaron; y mientras Benito huía por el corredor, y acudían á las voces Bernarda y Lucía, él, vencido por el dolor, cayó desplomado sobre el pavimento.
Levantado por las dos mujeres, fué preciso echarle en el lecho, y sólo á sus ruegos y á sus lágrimas cedió vencido, exigiéndolas que á la mañana siguiente viniera temprano un coche para conducirle á una fonda. Ni ellas se atrevieron á preguntarle lo ocurrido, ni él las dió explicación ninguna para calmar su ansiedad, aumentada con el tenaz silencio de Puig y sus quejidos por el dolor que le causaba la herida. Curáronle con esmero sumo, y cuando le vieron reposado y más tranquilo salieron de puntillas de la habitación. Benito había salido de la casa, casi huyendo de sí mismo.
Pocos momentos después contaba Lucía á Ramiro la llegada de Puig, su deseo de hablar con él, manifestado por éste, y el resultado de la entrevista de su padre con el enfermo, que había producido la crisis inexplicable en que el enfermo se encontraba.
Dos hombres modesta y limpiamente vestidos preguntaban por Puig en aquel momento. Eran el comerciante y su hijo, que traían el dinero y los libros depositados por el cajero en casa de aquéllos la noche del incendio. Ramiro se encargó de recibirlos, y juntos entregaron á Bernarda, delante de Lucía y del conserje, á quien llamaron como testigo, aquel dinero recibido sin documento alguno. No podían colocarle en la caja, porque Ramiro no tenía la llave y no quisieron molestar á Puig por su dolencia exacerbada.
Mientras, Benito andaba como un loco y casi corría hablando solo, gesticulando y llamando la atención de cuantos encontraba á su paso.
Triste, tristísima noche fué para todos la que siguió á aquel día de emociones y de disgustos. Lucía apenas quiso conceder á su amado Ramiro un cuarto de hora de amoroso coloquio, temiendo la repentina llegada de su padre. Bernarda, que seguía con decidido empeño su proyecto de abandonar para siempre la compañía de su hermano, excitada por la escena que había supuesto entre los dos amigos, pasó la mayor parte de la noche en colocar toda su ropa y sus efectos propios en dos baúles mundos, dejando desocupados los cajones de la cómoda.
Puig, aunque calmado ya de la excitación nerviosa que le obligó á decir frases que no hubiera querido pronunciar nunca, apenas pudo conciliar el sueño, revolviendo en su mente todo un plan de conducta que quería desarrollar con frialdad y calma al siguiente día; y el pobre Ramiro, sin darse exacta cuenta de lo que ocurría en aquella casa, centro antes de la paz y la concordia, se devanaba los cascos por adivinar misterios que no estaban de seguro al alcance de su inteligencia. Si aquella situación se prolongaba, hasta su mismo modesto presente se vería comprometido: ¿cómo no había de considerar expuesto su venturoso porvenir?
Las horas transcurrían, y Benito no había regresado á su casa, contra la costumbre de treinta años, antes de las doce. Cerca de la una era ya cuando llamó á la puerta de la calle, y sin hablar con nadie y sin responder á su hija que salió azorada á recibirle, penetró en su alcoba y se arrojó vestido sobre su cama.
Más horrible que para todos fué para él aquella noche, precursora inconsciente de su salvación y de su dicha.