CAPÍTULO XV
EL ESPEJO.—¡QUIERO SER POBRE!—CONCLUSIÓN
Dice con su incomparable talento el ilustre novelista gloria de la literatura española contemporánea José María de Pereda que no puede negarse que el medio ambiente, tan traído y llevado ahora por la gente de su oficio, influye mucho en la condición moral y hasta en el desarrollo físico de los caracteres y de las naturalezas; pero no es menos cierto que los hay de tal fibra que, con ambiente ó sin ambiente, echan impávidos por la calle de en medio, y por ella siguen sin torcerse ni extraviarse, aunque los ladren canes y los tiren vestiglos de la ropa.
Prueba certísima de la exactitud de esta reflexión fué en esta nuestra verídica historia el cambio brusco total y absoluto acaecido en el carácter, costumbres é idiosincrasia del bonísimo Benito. No bastó el medio ambiente en que vivió cuarenta años, ni lo pacífico y sencillo de sus gustos, ni la humildad de sus modestas aspiraciones para que perseverara en la práctica de sus virtudes, si así pueden llamarse las condiciones negativas de un carácter para pensar el mal á sabiendas y llevarle á cabo con premeditación y alevosía. Benito se había tenido siempre por bueno, y por tal le habían juzgado cuantos le conocían durante los cuarenta años que vivió como dependiente de su principal y como principal de los otros dependientes. Tolerante con los holgazanes y los viciosos, protector de los quejosos en todos terrenos con razón ó sin ella; siempre dispuesto á pedir favores para otros, exagerando la imposibilidad en su posición de hacerlos por sí mismo; amable hasta la llaneza con los inferiores, sumiso hasta la servidumbre con su superior jerárquico, alcanzó fama universal de hombre de bien, de débil, de manso, de infeliz.
Jamás se atrevió á contradecir los gustos y preferencias de su hija, ni mucho menos á luchar con los caprichos y órdenes de su hermana Bernarda, á quien siempre consultó como á un oráculo y respetó como á un jefe. Falto por completo de iniciativa, lo mismo en los asuntos de la casa de comercio que en los de su hogar, jamás interpretó el espíritu de las leyes humanas ni divinas: atúvose á la letra, y en su fiel y completa observancia creyó que estaban vinculados el deber y la obligación del hombre honrado. Parecíase á esos militares subalternos modelos, capaces de morir defendiendo el puesto que se les confía, pero incapaces de dirigir con acierto cualquier operación estratégica encomendada á su dirección. Pertenecía, pues, por derecho propio y sin duda por ley de nacimiento á esa serie de hombres destinados á obedecer é inútiles para mandar; ejemplares preciosos y correctos en el primer caso, y detestables en el segundo. Como el caballo de carga ó acarreo, robusto, fuerte, incansable en su servicio, dócil á la voz, que se viese destinado, sin preparación ni condiciones, á disputar un premio de velocidad en la brillante carrera de un hipódromo, así el bueno de Benito se había visto elevado desde la mansedumbre pacífica de su medianía á la voluntariosa iniciativa del mando, y en vez de afirmarse en aquella altura, había caído despeñado al abismo de la nulidad y de la impotencia, no sólo á sus propios ojos, sino coram pópulo.
Pero la indomable vanidad humana, rémora verdadera de todo sentimiento racional, le ponía una venda en los ojos, cada día más tupida, para impedirle ver el desastre de su propia derrota, y por ella achacaba á errores y faltas ajenas lo que debía tratar de enmendar en sus actos y en sus ideas. Altiveces desacostumbradas en su carácter, deficiencias de su criterio empeoraban su estado moral y aturdían su inteligencia, antes perezosa, pero sensata, y hoy activa, pero disparatada.
¡Horrible noche la que siguió al día de los últimos acontecimientos, y más horrible amanecer! Pálido, demacrado, lanzóse del lecho á los primeros rayos del nuevo sol, y como si sólo hubiese esperado una ráfaga de luz para librarse de las horrendas tinieblas de su espíritu agitado, salió de su alcoba y se encaminó con paso vacilante y receloso á las habitaciones de su familia. El espectáculo que presenció le heló la sangre en las venas por breve espacio y le hizo con la rapidez de una reacción congestiva afluir á su rostro aquella sangre en negros borbotones. Su hermana cerraba sus baúles con ayuda de su hija y el gabinete parecía desmantelado. Cuantos objetos de adorno ó de tocador publicaban el sexo de sus dueños habían desaparecido. Trajes, telas, ropas, cuadritos preferidos de devoción ó de arte, éstos en cortísimo y no muy escogido número, estaban ya guardados en los mundos para ser transportados inmediatamente lejos de su acostumbrado sitio, y sólo quedaban en aquellas habitaciones los muebles más viejos que antiguos en completo desorden y cubiertos de polvo desacostumbrado. Papeles rotos por el suelo, algunas prendas en desuso y distintos paquetes que habían de llevarse á la mano, daban á la casa el triste aspecto de vivienda que va á ser en el acto abandonada, pregonando una desgracia repentina ó la muerte de un ser querido. Tendió los ojos Benito por aquel desastroso aparato, y sorprendiendo á las que lo causaban en su apresurada faena á aquella hora intempestiva, no hizo más que una rápida pregunta:
—¿Qué es esto?