Lucía bajó los ojos, aún encendidos por el llanto vertido aquella noche, y no se atrevió á responderle; pero Bernarda, procurando dar á su contestación el tono más natural y sencillo, le dijo, casi sin mirarle:

—Dejarte en libertad y obedecerte. Tu hija y yo nos vamos para no presenciar los horrores de tu continuo enojo y las consecuencias de tu carácter. Ya tengo arreglados mis asuntos, elegida la honrada casa donde hemos de vivir, y ya sabrás de nosotras diariamente para que nos dictes tus órdenes desde lejos, ya que no puedes sufrirnos de cerca.

En aquel momento la vela que aún ardía expirante en su candelero, y que manifestaba haber ardido toda la noche para alumbrar el trasiego de la mudanza, arrojó su última llamarada. Hacia aquel objeto indiferente y trivial lanzó su mirada Benito, y devorando su enojo, respondió á su hermana, sin mirarla:

—¡Bien hecho! ¡Cuanto antes mejor!

Lucía rompió á llorar, y sus sollozos en vez de templar la cólera de su padre, la enardecieron y la excitaron.

—¡Fuera lágrimas ridículas! ¡Fuera desobediencias hipócritas! ¡Yo, y sólo yo! ¡Yo soy el amo, yo el jefe, yo el rey, yo el Dios! ¡Lejos de mí todo lo que me ofenda, me desobedezca, me injurie, ó me resista!

Vió sobre la cómoda de Bernarda los sacos de oro y los fajos de billetes que habían dejado la tarde anterior el comerciante amigo de Puig y su hijo, y cogiéndolos con ambos brazos, y sin dirigir más palabra á las afligidas mujeres, se dirigió con ellos al escritorio y corrió por dentro el pestillo de la puerta. Estaba completamente solo en aquella habitación grande y aun no del todo alumbrada con la luz del nuevo día. Abrió con mano trémula el arca de valores, y con agitación nerviosa vertió en ella los talegos que había llevado hasta la mesa grande. Rodaron las monedas de oro por el mostrador de la caja en desordenado arroyo, formando grupos irregulares y produciendo el sonido sui géneris que no puede confundirse con ningún otro.

Desencajado, lívido, con el cabello en desorden, las manos crispadas y la mirada más aterrada que terrorífica, cayó Benito sobre aquel montón del áureo metal como el tigre sobre su presa, como el avaro sobre su tesoro. Jamás hasta aquel momento habían producido en él efecto tan extraño la vista y el ruido del oro. Mil veces había traído sobre sus hombros, desde otra casa de comercio á la de Bernaregui, mayores cantidades que las de aquel día: en los tres años que desempeñó con Puig el empleo de cajero, muchas noches había hecho los balances, pudiendo contar y recontar con tranquila serenidad mayores sumas, y jamás hasta aquel momento le había parecido que las monedas y los billetes de Banco formaran parte de su ser y sangre de su sangre.

Contaba muchas veces la misma cantidad, y la colocaba apilada en la caja: deshacía los fajos de billetes, los examinaba, los contaba también y los colocaba sobre las pilas de oro, y todo esto con nerviosa inquietud, con placer, con recelosas miradas, pronunciando frases entrecortadas, entre las que se oían las siguientes:

—¡Así lo quieren todos! ¡Sea! Ya me explico su rebeldía, sus protestas... Desde que soy rico, todos desean mi ruina..., todos quieren robarme. ¡Mundo cruel, egoísta, injusto!... ¡Cuantos me querían, hoy se conjuran para dejarme solo!... ¡Mejor! ¡Tanto mejor! ¡Qué á gusto voy á quedarme sin ellos! ¡Haré todo cuanto me convenga y nadie se opondrá á mis deseos! ¡No seré amigo de nadie, ni hermano, ni padre! ¡Seré rico y nada más que rico, y feliz y millonario!