Y á cada palabra que en su soñar despierto pronunciaban sus trémulos labios, hundía sus manos calenturientas en los montones de monedas, que rodaban, se apilaban, se sobreponían unas á otras y llenaban extendidas la mesa mostrador y las planchas de hierro del arca de caudales.
De repente y como si un ruido inusitado le hubiese sacado de su abstracción, alzó la cabeza y giró en derredor suyo una mirada inquieta y recelosa. Por primera vez en su vida le vino de repente á la imaginación la idea de ser robado, y á pesar de haber corrido él mismo el pasador de la puerta de entrada, la examinó de nuevo, así como las maderas de los balcones y las mamparas de su despacho. No satisfecho con aquella rápida, pero minuciosa revista domiciliaria, abrió la mampara y penetró en la pequeña habitación, que, como hemos dicho otras veces, servía de despacho particular al principal de la casa.
Allí, entre aquellas cuatro paredes, había vivido años y años su amigo Bernaregui, dirigiendo sus negocios, calculando sus operaciones comerciales, inspeccionando los trabajos de la fábrica, protegiendo á unos, premiando los afanes de otros, y siendo el alma de aquella casa que por él se elevó á gran altura y para él fué ocupación constante y trabajo cotidiano y alegría y distracción continuas. En aquel sillón, que nadie ocupaba en aquel momento, le había visto meses y años, con su afable sonrisa, su dulce palabra, su confiado gesto, hablarle cariñoso y ordenarle benévolo.
Surgió de pronto aquella sombra evocada por su conciencia, y le pareció que Bernaregui vivo le contemplaba airado desde su asiento. Dió dos pasos hacia adelante para cerciorarse de si estaba bien despierto, y apartó de su frente, no el cabello que sudoroso y frío casi le cubría los ojos, sino la idea que tenaz y sombría se enseñoreaba cada vez más de aquel cerebro enfermo y extraviado.
Á la imagen de Bernaregui reemplazó en el acto la de Puig, que también había ocupado aquel asiento durante cuatro años; pero esta imagen aún era más triste y su mirada más iracunda y más enojada.
—¿Qué me quieres, y por qué estás á estas horas en mi despacho? Ese sitio no es ya tuyo, sino mío: pertenece al principal de la casa, y yo lo soy únicamente; no tú que ya no eres el heredero de nuestro amigo, ni más que mi dependiente. ¡Levántate, sal de aquí y espera mis órdenes!
Y con la mano levantada y el ademán enérgico avanzó resuelto hacia el sillón vacío, con intención sin duda de unir la acción á la palabra y arrancar por la fuerza de su sitio á aquel incómodo huésped, tirano de su reposo y verdugo de su dicha.
Á la mitad del breve camino que le separaba de aquella fatídica visión, de aquel fantasma irritado, le detuvo un ruido seco y prolongado que partía de la calle. Rápido como el pensamiento se dirigió al balcón, y abriendo las vidrieras, una bocanada de aire fresco y benéfico que entró por ellas refrescó sus sienes y disipó las sombras de su espíritu. En cambio lo que vió le hizo estremecer. Era un coche, destinado sin duda á llevarse de aquella casa, que era la suya, á su hermana y á su hija, tal vez para siempre, huyendo de su lado, escapándose de la desdicha de tener que obedecerle y sufrirle. En el mismo instante que contemplaba absorto el carruaje, otro coche, viniendo por distinta dirección, se paró también en la puerta de la fábrica. Salieron de él dos hombres, en quienes Benito reconoció al comerciante y su hijo amigos de Puig, que sin duda venían á buscarle para llevársele á su casa.
Retrocedió Benito del balcón, pálido como un muerto, y dando rienda suelta á su furor, y no presa ya de fantasmas ni visiones, sino en el pleno uso de sus facultades, prorrumpió en frases de ira y en ademanes amenazadores.
—¡Todos! ¡Todos fuera de aquí! ¡Yo los despido, yo los arrojo de mi lado! ¡La casa es mía! ¡Mío el oro! ¡Mía la fortuna!